Cabalgar en solitario.

Publicado en por CINE MIO

CABALGAR EN SOLITARIO

(Budd Boetticher, 1959)

 

Una de las grandes películas del Oeste, sin nada que envidiar a muchas de las firmadas por Walsh, Daves o Wellman, o aun equiparable a algunas de Mann, Hawks o John Ford. Cabalgar en solitario (Ride Lonesome), embriaga desde su arranque. Estamos ante una obra casi perfecta, un recital de escenas antológicas. El argumento —sencillo, como es habitual en el ciclo Boetticher/Scott— gira en torno a un cazador de recompensas (Randolph Scott) que debe conducir a un preso hasta la ciudad donde lo van a juzgar. 

 

Todo lo bueno que se puede decir de Boetticher está presente: el empleo del color para contrastar a los personajes con el árido y rocoso paisaje; la concisión y el ritmo en el desarrollo; la sobria pero afilada exploración psicológica; la habilidad pictórica para la composición de los planos más variados y sorprendentes; la capacidad para alternar momentos de tensión con otros distendidos, en fin, para cambiar de tono; los hallazgos de guión de Burt Kennedy, como en la escena donde los indios se disponen a permutar un caballo; o, por ejemplo, el juego con el tiempo y el suspense a través de la música de Heinz Roemheld, marcando el camino al posterior tándem Sergio Leone/Ennio Morricone.

 

Pero si tengo que escoger un único aspecto de esta película, y de los westerns de Boetticher en general, me quedo con su destreza para la ambigüedad, no ya en el rico abanico de personajes cuya evolución nunca damos por descontada, sino más aún en el empleo de determinados elementos clásicos del western. Aquí, por ejemplo, el árbol de ahorcado, que en la secuencia final vemos transformarse sucesivamente en instrumento y símbolo del pasado, de la venganza y la muerte, de la piedad y aun de la más ardiente redención.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

 

Etiquetado en Mis Clásicos.

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post