COLORADO JIM.

Publicado en por CINE MIO

COLORADO JIM

Director: Anthony Mann

 Intérpretes: James Stewart, Janeth Leigh, Robert Ryan, Ralph Meeker

 Un taciturno hombre de frontera, Howard Kemp, pierde su hogar mientras se encuentra luchando en la guerra civil. Intentando reunir dinero suficiente para recuperar su granja, decide trabajar como cazarrecompensas en el territorio de Colorado. Su primer objetivo será el preso evadido Ben Vandergroat. Sin embargo sus esfuerzos para cobrar la recompensa se verán comprometidos a causa de la novia de Vandergroat, Lina Patch.

 Uno de los grandes westerns, un western que serí­a “de cámara”, como se dice “música de cámara”, por sus sólo cinco personajes y su sencilla historia, pero que es grandioso por el uso del espacio abierto (sólo hay un interior: la gruta). Robert Ryan se lleva la pelí­cula por encima de James Stewrart. Janeth Leigh en bella salvajona, adorable.

Colorado Jim el tercer “western” itinerante realizado por Anthony Mann, comienza y termina de forma similar: Ben Vandergroat (Robert Ryan), apostado detrás de unas rocas, se propone matar a Howard Kemp (James Stewart). Pero no se trata de una de esas construcciones narrativas geométricas que tanto gustaban a los cineastas norteamericanos partidarios del apólogo moral, sino de dos momentos que concentran la idea sobre la cual gira la pelí­cula: la violencia de unos personajes que se buscan unos a otros o se vigilan mutuamente para aprovechar un momento de debilidad del contrario; en Colorado Jim quien busca, encuentra; quien está al acecho, dispondrá de ese momento. He hablado de personajes. Aquí­ hay seis: perseguidor (Howard) y perseguido (Ben), pero también la chica que acompaña a éste en su marcha a través de las Montañas Rocosas (Lina Janet Leigh), el viejo buscador de oro que empieza ayudando a Howard por dinero y acaba muriendo a causa de su codicia (Jesse Millard Mitchell), el soldado de caballerí­a de la Unión violador de “squaws”, en cuya hoja de servicios figuran las palabras “licenciado en deshonor” (Roy Ralph Meeker), y el paisaje de las Rocosas.

No es cuestión de alzar la voz en un enésimo e innecesario canto al tratamiento paisají­stico en los “westerns” de Anthony Mann (se ha convertido en un lugar común y, por lo tanto, es necesario huir de él como de la peste, pero, aparte de que en Colorado Jim apenas hay un plano que no esté dominado por un paisaje que respira, en pocas pelí­culas del género se da el hecho, como en ésta, de que el paisaje sea tan determinante para el desarrollo y la resolución del relato). olorado Jim el tercer “western” itinerante realizado por Anthony Mann, comienza y termina de forma similar: Ben Vandergroat (Robert Ryan), apostado detrás de unas rocas, se propone matar a Howard Kemp (James Stewart). Pero no se trata de una de esas construcciones narrativas geométricas que tanto gustaban a los cineastas norteamericanos partidarios del apólogo moral, sino de dos momentos que concentran la idea sobre la cual gira la pelí­cula: la violencia de unos personajes que se buscan unos a otros o se vigilan mutuamente para aprovechar un momento de debilidad del contrario; enColorado Jim quien busca, encuentra; quien está al acecho, dispondrá de ese momento. He hablado de personajes. Aquí­ hay seis: perseguidor (Howard) y perseguido (Ben), pero también la chica que acompaña a éste en su marcha a través de las Montañas Rocosas (Lina Janet Leigh), el viejo buscador de oro que empieza ayudando a Howard por dinero y acaba muriendo a causa de su codicia (Jesse Millard Mitchell), el soldado de caballerí­a de la Unión violador de “squaws”, en cuya hoja de servicios figuran las palabras “licenciado en deshonor” (Roy Ralph Meeker), y el paisaje de las Rocosas.

No es cuestión de alzar la voz en un enésimo e innecesario canto al tratamiento paisají­stico en los “westerns” de Anthony Mann (se ha convertido en un lugar común y, por lo tanto, es necesario huir de él como de la peste, pero, aparte de que en Colorado Jim apenas hay un plano que no esté dominado por un paisaje que respira, en pocas pelí­culas del género se da el hecho, como en ésta, de que el paisaje sea tan determinante para el desarrollo y la resolución del relato).

Aunque narra un itinerario fí­sico de notable dureza y el continuo enfrentamiento de cinco personajes, Colorado Jim es, de los “westerns” rodados por Mann, el que se apoya sobre la dramatización en clave de género, de la peripecia; también el que tiene menos puntos de apoyo para facilitar la identificación con los personajes, ninguno de los cuales posee, en principio, ese grado de inocencia más o menos primitiva caracterí­stico del “western” de espacios abiertos (se advertí­a con distinta intensidad de
Winchester ’73 y en Horizontes lejanos, los anteriores “westerns” itinerantes de Mann): son tortuosos, ambivalentes, poco fiables; llevan a un presunto asesino para entregarlo a la justicia, pero a nadie le mueve el altruismo sino la recompensa que ofrecen por él, en realidad, ninguno de ellos parece muy distinto del “outlaw” Vandergroat: Howard es un cazarrecompensas a quien mueven los cinco mil dólares que, según la ley, vale la cabeza de aquél, y dueño de un pasado que asoma en algún momento en forma de ganas de matar (como el personaje que encamó en el posterior “western” de Anthony Mann, Tierras lejanas); el viejo Jesse es un codicioso y desconfiado buscador de oro cuyo rifle puede apuntar a uno o a otro, según las ocasiones; Roy, teniente del ejército de la Unión, carece de escrúpulos y hasta su cinismo resulta poco atractivo; Lina solo desempeña la función de ser la presencia femenina en el viaje, aunque argumentalmente no sea necesaria; tampoco es un dechado de claridad: sus reacciones son tan convencionales como su personaje y no vacila en cambiar su inclinación por el perseguido a favor del perseguidor, por el detenido a cambio de su carcelero, por el muerto a cambio del vivo.

arece que el amor surge cuando limpia la herida de una pierna de Howard y, luego, este la cubre con una manta mientras duerme al lado de la fogata. En lugar de decidirse por descartar los aspectos más discursivos del relato, o que ofrecí­an mayores posibilidades de ello (como la codicia hace sacar a la luz lo peor del ser humano), Mann afrontó con sentido del riesgo una pelí­cula de situaciones rí­gidas apoyada completamente sobre el trabajo de los actores y la función narrativa del paisaje, igual que habí­a hecho en la más popular Winchester ’73, y sin renunciar a su modelo de personaje “westeriano” -un aventurero se debate entre su propio código moral y el de los demás, si lo tienen, no siempre coincidentes, o descubre su doble perverso y se siente atraí­do por él: Stephen McNally en Winchester ’73, Arthur Kennedy en Horizontes lejanos y El hombre de Laramie, John McIntire de Tierras lejanas, Robert Ryan en Colorado Jim; atracción excelentemente reflejada en la tensión de James Stewart cuando alguien pone en tela de juicio su honestidad o se ve impulsado hacia la violencia-.

Y sus últimas imágenes muestran una oposición, habitual en Mann, entre problemas de conciencia y problemas de codicia: mientras Howard, Ben y Roy se tirotean en un paisaje agreste que recuerda el de
Winchester 73, el primero entiende que no puede construir su futuro sobre el cadáver del enemigo, porque al matar a éste mata también una parte de sí­ mismo. De ahí­ que las historias de los personajes y de los “westerns” de Mann sean claudicaciones, cuando no derrotas, sobre todo a partir de su descubrimiento de que también ellos son vulnerables.

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