Cuatro caras del oeste.

Publicado en por CINE MIO

CUATRO CARAS DEL OESTE2vijl89.jpg

(Alfred E. Green, 1948)


Un signo de la disipada inocencia, del desengaño o descreimiento que todo parece inundarlo, observen como no falta nunca quien ante una acción piadosa, ante la mera bondad, apunta un interés espurio y oculto y egoísta incluso, quien, en fin, juzga a los demás según el patrón de su propia vida. Por eso también nos gustan, entre tantos motivos, los westerns; encontramos en sus imágenes un espacio todavía no corrompido, la rectitud reconocible y apenas enmascarada. Así en Cuatro caras del Oeste (Four faces West), una vida de santo en pleno Far West.


Están los lugares comunes: el atraco, el forajido, el sheriff —Pat Garret—, y la huida donde la identidad se transforma o desvela, donde se confunde al espectador y éste descubre errado su diagnóstico, apresurado de entrada. La bruma sobre el carácter de Ross McEwen, un Joel McCrea de interpretación vaga, acorde con el personaje sin duda. Las caras del título acaso sean las del protagonista, o las de aquellos con quienes se cruza; nadie en este western puede ser con acierto juzgado por una primera impresión: nos lleva a error la valoración de los comportamientos, de los roles —el sheriff, el mexicano, la enfermera…—. Por la fecha de su estreno, quizá una enmienda del hombre tras años de infamia.


Lo más sugerente son sus imágenes. Ross McEwen, por ejemplo, en el desierto a lomos de una bestia, una suerte de penitencia. La bondad retratada hasta volverse incómoda, la puesta en duda de pasiones e instintos descontados en cualquier hombre, como también ocurría en la magistral y tan olvidada 
La fragata infernal. Allí era Billy Budd, el personaje memorable de Melville, magnánimo hasta lo irritante, no asomaba en él un ápice de odio. En la película de Ustinov no había apenas motivos, aquí por el contrario se entrevén y con todo la entrega de McEwen parece desmedida, conduce al fin a la renuncia, una suerte —como en La fragata infernal— de negación de la voluntad de vivir. La bondad sin razones, puro desinterés.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

Etiquetado en Mis Clásicos.

Comentar este post