CUNA DE HÉROES.

Publicado en por cinemio

John Ford.

Guión: Edward Hope, basado en la obra de

Martin Maher y Nardi Reeder Campion.

Intérpretes: Tyrone Power, Maureen O’Hara, Ward Bond, Donald Crisp, Robert Francis, Betsy Palmer.

Fotografía: Charles Laughton jr

Montaje: William A. Lyon

EEUU. 1955. 117 minutos.

 

no se trata de cine bélico, en The Long Gray Line tienen mucha importancia los códigos del ejército (aún más escrupulosos por hallarnos en West Point, la famosa academia de oficiales), como así lo enfatiza la partitura musical compuesta exclusivamente de piezas castrenses (por cierto, ¡qué magníficos réditos extrae Ford de la utilización dramática de la música!), y no menos cabal relevancia narrativa las guerras en las que esos oficiales tienen que servir. John Ford, que fuera Capitán en la Reserva Naval, había visitado el cine bélico en multitud de ocasiones ya desde el periodo mudo hasta los contextos del western o del americana, filmó crónicas de la Gran Guerra, y, sobretodo, fue documentalista de guerra entre 1941 y 1944 (donde cubrió algunos episodios de la Segunda Guerra Mundial in situ, entre ellos la Batalla de Midway y el Desem

 

GODOJOS - (Zaragoza) barco de Normandía). Tras la finalización de la contienda nos dejó la sobresaliente They Were Expendable, cercana revisión ficcionada de muchos de los ítems que más habían impresionado aFord de aquel conflicto. Con el paso de los años, y sin que ello significara renunciar a sus convicciones, Ford modificó sus intereses en la recreación de esos territorios bélicos contemporáneos, y lo hizo recurriendo a la fórmula de la comedia (caso de Mister Roberts, rodada también en 1955) o, como en el caso que nos ocupa (también el de la biografía de Frank “Spig” Wead), acometiendo retratos del factor humano alejado de los campos de batalla, y que por tanto vive el trauma de la Guerra de forma mediatizada. En ese sentido, singularmente valiosos me resultan pasajes del filme que muestran el advenimiento de la guerra como si lo concreto y turbio reclamara su peso sobre la abstracción y asepsia del reclutamiento -como así se siente en la marcha de los soldados en un tren “directo a Berlín” mientras Marty y su esposa se quedan en el andén-, o aquéllos que muestran los efectos devastadores de la guerra, las listas de caídos o heridos o, sobretodo, la hermosa secuencia en la que el grueso del campus militar está celebrando el final de la Primera Guerra Mundial y Marty, amargado, acude raudo a su hogar para marcar con un crespón negro la hoja del almanaque militar correspondiente a un recluta al que apreciaba y del que ha tenido reciente noticia de su desaparición: la felicidad de la victoria no puede mitigar el dolor de la pérdida.

 

Inmigrantes

Una de las principales diferencias entre The Long Gray Line y The Wings of Eagles está ilustrada por el personaje de la esposa encarnado por Maureen O’Hara. Si allí la devoción del personaje encarnado por John Wayne por el ejército daba al traste continuamente con el equilibrio de su vida familiar, aquí sucede algo casi inverso: Mary O’Donnell, la esposa de Marty, halla el equilibrio en su existencia delimitada por aquel microcosmos geográfico y humano, y, tan callada como efectivamente (estrategia maestra de las mujeres fuertes fordianas), logra disipar las ansias de Marty de abandonar el cuerpo y regresar a Irlanda o siquiera llevar una vida civil (en ese sentido resulta categórico el hecho de que cuando Mary pierde su hijo y es informada de que no podrá volver a ser madre, le sugiera a su esposo que, en cierto modo, todos los jóvenes reclutas de los que Marty se hace cargo pueden verse como sus hijos). Más reflejos inversos: si la esposa de Frank en The Wings of Eagles educaba a las dos hijas que el padre a duras penas podía ver, la Mary de The Long Gray Line se hace cargo gustosa de la familia de Marty que permanecía en Irlanda (su padre y su hermano), personajes –sobretodo el del padre- a través de los cuales Ford explora –recurriendo a menudo a un anecdotario de secuencias y diálogos que no por jocosos dejan de ser de lo más lúcidos- otro ítem crucial en su filmografía, la inmigración de los irlandeses: el padre de Martin (encarnado por Donald Crisp, el mismo actor que encarnara el páter de How green was my valley!), en su primera aparición, se nos antoja como un personaje arrancado directamente de Innisfree, y conforme avance el metraje veremos como va arraigando en su nuevo hogar y contexto vital sin por ello perder un ápice de su fervor irlandés y sus convicciones católicas.

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