DUELO AL SOL.

Publicado en por cinemio

Duelo al sol es una creación pura del cine. Si alguna referencia previa puede remitirnos al guión de Selznick podemos ubicarla en el trágico amor de Sigfrido y la valkiria Krimilda, un encuentro de intensidad mortal único y que culmina en el encuentro de dos seres en el umbral del más allá.

Esquemáticamente su historia es una denuncia de racismo y paternalismo fascista o cuando menos del patronazgo reaccionario de los propietarios ganaderos, igualmente es una crónica del abuso en la malacrianza de los herederos mediante la imposición machista y la acción soterrada de las madres en contra del dominio varonil. Sin embargo difícilmente alguien recuerda coherentemente algo más que el duelo del título entre la mestiza Pearl (Jennifer Jones) y el prototípico Lewth (Gregory Peck), esa mezcolanza de pasión y tanatofilia que casi nadie ha igualado.

Porque en toda la historia fílmica posterior a King Vidor han sido famosos los amantes perseguidos de Fritz Lang, pero una relación verdaderamente extrema solamente puede verse en películas excepcionales como Adiós hermano cruel, de Patroni-Grifi, o El imperio de los sentidos, de Oshima y tal vez en la pareja fílmica y real de Richard Burton y Liz Taylor, aunque éstos jamás llegaron más al extremo que en el nivel de Confidential.

El guión de David O. Selznick cuenta una historia digna de lástima, la de un latino rezagado en el Texas anexado a la cultura sajona, y ese “latino”, o mejor dicho ese español, Chavés (así, como en inglés), responde a su cultura ancestral aún en el peor nicho del calvinismo teñido de lo puritano expansionista y desafía a la moral casándose con una nativa del desierto, pero su temperamento de conquistador, de criollo abandonado doblemente por la metrópoli peninsular y la de Nueva España, le provoca una indiferencia rayana en la flema (curiosa forma de relacionar el sentido de los europeo ante lo americano para el cine, eligiendo para el temperamento del hidalgo hispano al británico Herbert Marshall) que se rebela como todo lo contrario cuando Chavés asesina a su mujer danzarina y al amante ocasional.

Esta basta historia de temperamentos llevada a la literatura por el novelista Niven Busch tendrá su extensión en la vida de Pearl Chavés, una Jennifer Jones claramente inspirada en la Mexican Spitfire (La diablilla mexicana) de Lupe Vélez, como una inocente belleza adolescente creciendo casi al azar en la subsociedad mestiza desplazada del Texas ochocentista, que al llegar a la orfandad forzada va al seno de la familia que debió ser suya, con la mujer que debió ser la primera esposa de su padre, la aristocrática señora McCanles (Lillian Gish) y así queda expuesta a los hijos del senador McCanles.

El campo narrativo de la novela es el ámbito legendario del paisaje desértico, la escultura eólica de una roca con rostro humano que forma parte de los mitos nativos, el embrujo de los grandes espacios texanos  que captura tanto a los nativos como a los conquistadores, aunque en forma diversa: en la mentalidad mágica de los indígenas ejerce la fascinación de las inconquistables montañas, encarnación de titanes de otro tiempo, mientras en los “colonizadores” será la rica feracidad que fundamenta un sentimiento de poder inalcanzable, de individualidad imbatible ante el propio esfuerzo y sus logros.

Al mismo tiempo el tema es justamente ese poder individual, el desarrollo de una capacidad de dominio sobre el medio físico y humano que en los años de la Segunda Guerra llevaba a los Estados Unidos hacia la cabeza del mundo, una percepción del orbe prefigurado en el autocrático senador McCanles (Lionel Barrymore), un hombre con garras de astracán hecho a la imagen de las llanuras que domeña y clon de la voluntad de un constructor de sociedades, individualista extremo que solo se detiene ante el símbolo de sus esfuerzos: la bandera de las barras y las estrellas.

Es el mismo tipo de hombre con el que lidiaban los cineastas en la época de las persecuciones anticomunistas, varones del capital del tamaño de Randolph Hearts, Morgan y Rockefeller, los defensores de una integridad estadunidense que comprende no solo el suelo y el aire de su territorio sino todo lo que se relaciona con él aún en ultramar, pero que guarda celosamente los límites de los demás, una situación que afectó directamente a Vidor y a Selznick a través de el “enlistamiento negro” de la novelista Ayn Rand (que le daría a Vidor el texto para su obra maestra El manantial) además de las presiones indirectas contra unos cineastas cuya obra siempre fue histórica y crítica ante el desenvolvimiento de su país.

Por otra parte está la crónica de los herederos del poder, la dicotomía entre el abrazo al sistema instituido a través del liberal Jesse (Joseph Cotten), decidido a conservar el mundo construido por los suyos a través del culto por la ley y el caprichoso Lewth, encarnación del voluntarismo caprichoso fruto de la abundancia y la seguridad en un poder que lo pone por encima de todo.

Vidor envuelve todo en el lenguaje propio del cine estadunidense, consciente de la posición histórica del cine y sus mitos elige su reparto justo en el tono que hace directa la comprensión de todos sus personajes y situaciones por medio de referencias directas al propio cine de Hollywood, así hace que la joven escupe fuego sea confrontada en su inocencia y moral con el mismo personaje ambiguo que dominaba a la Vélez: El Walter Huston que usufructuara la inocencia de la mexicana en cintas con tema exótico; de otra parte la Gish, la antigua Novia de América, expresando la fragilidad valiente de las pioneras que la hizo inmortal desde el cine de Griffith; el propio senador McCanles, Barrymore, ya inmortalizado como magnate autocrático por Capra desde ¡Que bello es vivir!, y el moderado y civil Jesse encarnado por Cotten mucho después de su papel trágico en Ciudadano Kane como defensor de la libertad y la honestidad.

Aunque el centro de todo recae en Lewth, en el Gregory Peck en plenitud de belleza y domino físico desplegado en alardes magníficos como domador y bandolero que prefigura ya al Ringo de Fiebre de sangre y al aparentemente moderado marino de Horizontes de grandeza (donde también despliega las dotes de jinete y tirador).

El más complejo de los personajes, desde luego, será el de Jennifer Jones, una mestiza Pearl asombrada ante el mundo que le va llegando con el final de la adolescencia, con la destrucción de su inocencia indígena para entrar en el mundo de la dominación de los otros y del instinto

 

 

 

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