El árbol del ahorcado.

Publicado en por CINE MIO

 


pictures_20110201_1230128681_crop70sub0.jpg

GODOJOS - (Zaragoza)

Delmer Daves, 1959

 

Con ambigüedad se aborda el pasado del doctor Joseph Frail (Gary Cooper), con la necesaria para que apenas intuyamos la causa de su aflicción, aquello, en fin, que lo ha llevado hasta un campamento de buscadores de oro en algún rincón de Montana. Vestido de negro, así se asienta en el pueblo y casi al tiempo llegan rumores de una desdicha nunca del todo esclarecida. En cualquier caso, al doctor Frail lo encontramos dispuesto a acabar sus días entre hombres de la peor calaña. Algo en su conducta en la capacidad para reprimir su ira, en la poca permeabilidad de sus sentimientos, en su frialdad al fin nos invita a magnificar la tragedia, a conjeturar que ese hombre pueda haber sido marcado por la más execrable infamia. Nuestro temor, por lo demás, se acrecienta al comprobar su maestría con el revólver y su agudeza, a veces más peligrosa que la pólvora, para manejar a los buscadores de oro. 

Menos ambigüedad hallamos en el rostro de la muchedumbre, en la mirada del orondo minero encarnado por Karl Malden. En él vislumbramos, sin demasiada dificultad, la endeblez con que será seducido por las más resbaladizas pasiones, capitaneando si fuera necesario a una turba. Así en El árbol del ahorcado se acentúa, por llamarla de algún modo, «la fisonomía del western», la singular importancia que dentro del código de este género cobra el rostro y el aspecto como signo de roles y carácter. Basta contemplar los rasgos delicados del doctor Frail, y de quienes en torno al mismo orbitan su ayudante y la mujer (María Schell) llegada por accidente al campamento, en contraposición con la presencia hosca de casi cualquiera de los restantes personajes. 


La admiración de El árbol del ahorcado, tanto por los rostros turbados y nada apolíneos de la muchedumbre, como por el espacio asfixiante y provisional en que se desarrolla
apenas un campamento minero en construcción y perpetuo desmantelamiento, y el bosque montañoso que lo circunda, aumenta la sensación de inevitabilidad, de repetición si se quiere de una misma miseria: la aniquilación de cualquier individualidad en el seno de una comunidad no regulada. Una miseria, en definitiva, tantas veces retratada por el cine americano y que aquí aborta un facticio y poco verosímil desenlace, imposición probable de exigencias comerciales.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

Etiquetado en Mis Clásicos.

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post