El barón de Arizona.

Publicado en por CINE MIO

Samuel Fuller, 1950


El barón de Arizona

 

Segunda película y segundo western de Samuel Fuller, aunque en este caso sin clara adscripción al género; de hecho, hasta el último tercio del metraje, donde sin duda emergen  componentes westernianos —los linchamientos, la debilidad de la ley para imponerse sobre aquello ganado por la fuerza…—, nos encontramos ante una película que huye de etiquetas, alambicada en su argumento (como no podía ser de otra forma, tratando como trata de una enorme simulación) y próxima al cine de aventuras, misteriosa y resbaladiza. La sensación de intranquilidad, la impresión de estar vadeando aguas turbias y poco transitadas, me empuja a evocar La noche del cazadorde Charles Laughton, tampoco una del Oeste en un sentido estricto, y que contaba asimismo con un protagonista —allí Robert Mitchum y aquí Vincent Price, casi nada— retorcido, de presencia hechizante, imprevisible. 

En El barón de Arizona (The Baron of Arizona) tenemos otro personaje de Fuller encerrado en sí mismo de entrada, de quien podemos conocer los propósitos más evidentes, pero no sus sentimientos, se nos hurtan —otra vez— hasta que el personaje se derrumba, y entonces los exhibe sin pudor en lo que aparenta una demostración de ternura sincera, en una parte final inesperada y conmovedora. Pero hasta entonces Vicent Price es “sólo” un estafador, un arribista dispuesto a hacerse con un estado entero inventándose —a partir de una elaboradísima construcción de esa apariencia, lo que incluye viajes y falsificaciones de documentos y lápidas, y casi todo lo que se pueda imaginar— un título de propiedad sobre las tierras de Arizona por concesión del Rey de España. La película además está narrada a través de un largo flash-back, y por boca de un narrador-testigo interpretado por Reed Hadley, un poco a la manera del Charlie Marlow de las novelas de Conrad; un narrador que intuimos fascinado por la figura de ese barón de Arizona, de ese hombre que "cambió la geografía" y que al fin se nos presenta como necesitado de una redención, un personaje fascinante —como el Jim o el Kurtz conradianos—, un misterio entreverado en un hombre y que aun al final de la proyección apenas hemos acabado de desenmarañar. Ese flash-back nos llega además como un relato oral dirigido a un público masculino y atento —otra vez Marlow—, templados oyentes que muestran conocer de oídas al baron de Arizona, y un público que aún aguarda volver a escuchar su historia en la voz de un narrador del que desconocemos de entrada casi todo, la relación, por así decirlo, que le pudo vincular con el objeto de su poco velada admiración.


Este es seguramente el western más imaginativo y literario de Fuller —casi el único director no ágrafo entre los grandes, como señaló Miguel Marías en un 
estupendo artículo—, construido con la estructura de un retablo, con prolijas secuencias donde se nos van revelando distintos perfiles del protagonista al tiempo que lo acompañamos en variopintos escenarios, entre monjes en un convento, entre gitanos y salteadores nómadas, en Europa y América, en el lejano Oeste, por supuesto. Literario, decía, también por las sensaciones que evoca, por la vida sin respiro e inagotable del protagonista, y por los ecos de grandes novelistas, me vienen a la cabeza el ya mencionado Conrad y el Hoffmann de Los elixires del diablo. Con sus dos primeras películas ―ésta y Balas vengadoras―, Fuller ya hubiera merecido un lugar en la historia del western.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 El barón de Arizona

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