EL CABALLO DE HIERRO (1924).

Publicado en por cinemio

El caballo de hierro es una de las películas más conocidas de la filmografía muda de John Ford. Si bien la idea inicial de Ford era la narración de un cuento sencillo, las condiciones de rodaje cambiaron el rumbo de los acontecimientos e impusieron súbitamente una ambición que llegó a cotas desmedidas en su producción.

Describe la historia del primer ferrocarril transcontinental  americano. Dos compañías, la Union Pacific y la Central Pacific, que salen de Omaha y de Sacramento respectivamente, construirán cada una un tramo de la vía férrea, siendo el punto de unión en Promontory Point (Utah), el día 10 de mayo de 1869.

Paralelamente al trabajo ferroviario, la película va desarrollando una historia de amor entre George O'Brien y Madge Bellamy. La unión final de estos amantes culminará con la unión de las dos vías, forjadas con un remache final de oro, justamente después de que O'Brien haya dado su merecido al siniestro asesino de su padre.

El rodaje

Un pariente cercano de Ford había participado como obrero en esta gran obra. Por supuesto, el realizador recogió el testimonio de la epopeya colectiva y de su enorme magnitud, además de todas las anécdotas que marcaron la juventud de su pariente.

Para la recreación de la historia, Ford dispuso de amplitud de medios, gracias a la voluntad de reconstrucción por parte de los autores, quienes emplazaron en el corazón del desierto un batallón de 5.000 figurantes que llevaron al realizador a cumplir la empresa por la que, lejos de amilanarle, se sentía plenamente fascinado.

Las cifras eran, a todas luces, espectaculares: 3.000 constructores de vías (1.000 de los cuales eran chinos), un regimiento entero de caballería, 800 indios, 100 cocineros para alimentar a todo el equipo, además de una fauna igual de impresionante que constaba de 1.300 bisontes, 2.000 caballos y 10.000 cabezas de ganado. Quizás la publicidad de la época inflara un poco las cifras, pero no cabe duda de que era un proyecto colosal el que iba a llevarse a cabo. No en vano un crítico norteamericano, Theodore Dreiser calificó el aparato como "una odisea americana". Aunque estas cifras no estaban previstas inicialmente sino que se dieron mucho más tarde.

El rodaje comprendió los meses de enero, febrero y marzo de 1924 aunque, a priori, El caballo de hierro, no estaba destinada a ser una producción de tales características, sino que éstas se fueron revelando necesarias conforme avanzaba la filmación del proyecto. El marcado acento epopéyico fue afianzándose con el paso de los días, pasando a ser uno de los rodajes más complicados que haría Ford en toda su vida.

El equipo se trasladó a Nevada sin saber que la temperatura oscilaba allí entre los veinticinco y treinta grados bajo cero. La mayoría de actores y técnicos ni siquiera repararon hacia donde se dirigían en su próxima parada de rodaje, así que viajaron ataviados con la ropa más liviana. Una vez allí, el equipo se percató de que las cifras tenían que aumentar y la Fox invirtió todo lo necesario para que el rodaje no fuera un estrepitoso fracaso, aumentando los medios hasta los números que hoy conocemos. Cabe añadir el número de secuencias que compusieron finalmente el largometraje. Nada más y nada menos que 1.280 junto con 275 rótulos. Con todo, la Fox hizo pleno al quince con su inversión millonaria pues la película obtuvo fulgurantes resultados en la taquilla.

La obra

La puesta en escena se ciñó a un guión solidamente estructurado, que relataba unos hechos auténticos hibridados cuidadosamente con el argumento ficticio. El baile de personajes no tiene parangón: héroes tradicionales, caracteres prototípicos del cine clásico, personajes con gran riqueza histórica, un romance golpeado por el paso del tiempo y todas las constantes de lo que se perfilaba como el western del futuro. La sugerente mezcla de elementos se saldó sin esfuerzo aparente. Todas las piezas del gran fresco encajaron sus aristas en una composición heterogénea y simétrica.

La voluntad de fotografiar un momento de la historia americana casó, además, con la persecución del intimismo de sus personajes. Con todo, su ejercicio de reconstrucción de un acontecimiento de tales magnitudes le confirió a la obra una apariencia de "documental reconstruido". Por momentos, parece que asistimos a la proyección de imágenes propias de un noticiero para, en la secuencia siguiente, saltar sin rubor al melodrama apasionado y embellecido, cincelado con unas ricas imágenes. En efecto, Ford demostró en esta obra una obsesión casi maniaca por la verdad: las casas de juego ambulantes, lossaloons, las ciudades de madera, los soldados de Norte y Sur, los trabajadores inmigrantes, los célebres cheyennes... todo remite a un pedazo de la historia del oeste, a un momento de gran poder humano.

La virtud de conjugar el gran espectáculo, con la subyugación del romance, la anécdota colateral y la radiografía de una época son las bazas de este enorme, bello filme, que no menosprecia ni la línea principal de su argumento, ni ninguna de sus ejecuciones de segundo orden que envuelven la trama. El aspecto más visual de un Ford que aún había de modelar sus grandes obras, unido al humanismo del que dota a sus personajes definió la película. El filme se alejaba, pues, de ser meramente un bonito aparato de exposición histórica.

Actores y personajes

La psicología de los personajes está dibujada con grandes trazos. Los protagonistas del film, Davy Brandon y Miriam Marsh como pareja neurálgica del relato, se muestran demasiado confinados a sus respectivos roles de héroes morales de la historia. Quizás la obligada historia de amor entre ambos limitara los movimientos de Ford en cuanto al desarrollo de éstos. Sin embargo, parece suceder todo lo contrario con el resto de personajes que componen la historia.

      Ford les saca el partido necesario para crear una galería inagotable de caracteres de variada índole, lo que le confiere la visión de una posible sociedad. El filme está nutrido de actores formados en el campo de la comedia, lo que demuestran una inspirada elección de casting. Pensemos en todos ellos: el juez Haller, dueño de una casa de juego a la par que hombre honesto y fornido; el caporal Casey, quien siempre tiene a sus compadres que le flanquean; el sargento Slattery o el soldado Schultz son los oficiales veteranos, marca de la casa del director. Cuentan ya para la posteridad con el honor de haber participado en las escenas más conmovedoras y las más divertidas de la obra.

También una muestra de su sentido habitual, Ford incluye asimismo la presencia de tres borrachines irlandeses que animan y entretienen en el medio de la titánica tarea de construcción de las vías. Ford siempre incluía en el reparto a personajes similares que parece que festejen la alegría de la vida. Siempre hay una caricatura del momento que es utilizada como señuelo de entretenimiento disten

 

 

 

 

dido para el espectador, supuestamente para dar ligereza a la solemnidad del conjunto. Pensemos también en la secuencia que se abre con un grupo de trabajadores que usan sus picos para la construcción de los raíles y, cuando aparecen los indios, sinfónicamente cambian sus picos por sus armas, disparan y cuando han resuelto el conflicto vuelven al trabajo y a canturrear al aire como si nada hubiera pasado. Estos son los personajes que copan los filmes fordianos que, por supuesto, aquí no podían faltar.

 

      Los resultados

El caballo de hierro es un filme altamente estilizado, con gran fineza para la composición dramática. La historia de la construcción del primer ferrocarril americano transcontinental fue el mayor reto al que hasta entonces se había enfrentado Ford y cuenta con el mérito de ser la película más larga filmada por el maestro, con 160 minutos de metraje.  Con todo, no encontramos tiempos muertos, no hay secuencias de relleno. Todo en pro de un aplomo para la combinación de secuencias de muy diverso tono que componen una heterogeneidad bien llevada, con un sentido del ritmo y una condensación dramática más que dignas.

Con su historia de sueño y desafío, sus localizaciones al aire libre y su acercamiento a un pasado pionero lleno de ritmo y vigor, obtuvo el filme un gran éxito en América: costó doscientos ochenta mil dólares y recaudó cerca de tres millones, y significó la consagración del joven Ford -tenía veintinueve años- como uno de los grandes directores con los que contaba la industria del cine, reputación que ya nunca perdería.

Sin embargo, Ford no quedó satisfecho con el filme ya que se convirtió lo que para él era un proyecto personalísimo, en una empresa comandada por su productora de enormes proporciones y con innumerables imposiciones. Tampoco podemos decir que alcanza las cotas inventivas de otros filmes fordianos. Cierto es que si bien el filme cuenta con profusión de detalles admirables, cierta socarronería y regusto por el distanciamiento traspasan la gran pantalla. Podemos suponer que la pérdida del control absoluto de Ford sobre el filme desembocó en estos males menores.

Pero la fantasía de emprender una empresa de tan sobrecogedoras características encumbró a Ford como un excepcional realizador que había demostrado su capacidad de enfrentarse a rodajes homéricos y condiciones titánicas, sólo le faltaban un par de pasos para perfilarse como el celebrado director que todos recordamos.

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