El correo del infierno.

Publicado en por CINE MIO

Henry Hathaway, 1951El correo del infierno



No es común en el género que, como acontece en este western menor, la acción se vea circunscrita apenas a un único escenario, una posta de la diligencia en el más árido interior de los Estados Unidos, dicho de otro modo: en mitad de la nada. No es común, según decía, pero Hathaway sabe moverse sin dificultad en ese terreno, y planifica la película como los lances de una partida de ajedrez en la que el espectador hubiera irrumpido sin aviso previo. Casi al arranque ya tenemos por un lado al encargado de la posta (Edgar Buchanan) y a su ayudante (Tyrone Power) y además a una madre (Susan Hayward) en compañía de su hija; y por otro a cuatro pistoleros y asesinos con precio a sus cabezas y aguardando la llegada de una diligencia cargada de oro. Tales son las fichas que el director desplaza sin que el globo del suspense termine por desinflarse.


Habitan esta película personajes arquetípicos, con un pasado del cual apenas nada conocemos. Vidas entrevistas que conforman el perfecto soporte de los más diversos enmascaramientos; un fluido juego de identidades y fingimiento ejecutado por los rehenes de un páramo afectivo más inhóspito que la posta donde la acción transcurre. Un juego, en cualquier caso, con los turnos bien medidos para no caer en el tedio y el hieratismo o la vana funcionalidad de la puesta en escena más teatral, aquí dado el planteamiento un riesgo evidente. El guión de Dudley Nichols y la dirección de Hathaway —en lo que acaso sea el mayor logro de esta película— alternan la impresión de tiempo denso y farragoso y aun detenido con el permanente balanceo de la fortuna, lo que en último término convierte al azar aquí en supremo inquisidor. Y esa resignación, la convicción de que al fin poco importará resistir o plantar cara y aun lo pretendido, arrastra al alimón a los protagonistas y al espectador.


Según el tiempo se reduce —el que resta hasta la arribada de la diligencia cargada de oro— el entorno se ve asimismo comprimido, y antes del desenlace ya hemos pasado de los abiertos paisajes que atraviesa una diligencia hasta una habitación de la posta y aun a espacios más minúsculos. Todo en 
El correo del infierno, como no es difícil suponer de lo dicho, está medido, tanto en los movimientos de cámara como en las tretas urdidas por Tyrone Power para poner a resguardo su vida o aguantar al menos unas horas. Su vida vale lo que resta hasta la llegada de la diligencia y el oro, su vida se pesa en tiempo. Y en azar, claro, al fin llamado a quebrar el fiel de la balanza, con esas malditas irrupciones que tanto molestan al espectador —a mí al menos—, y a quien tiene sus empeños por improbables e inverosímiles y forzados y hasta poco sutiles, como si el azar pudiera presentarse de otra forma y acaso sobreactuara confinado en el encuadre de un western.

 

 

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

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