EL HOMBRE QUE PUDO REINAR.

Publicado en por cinemio

 El

hombre que pudo reinar narra la historia de una amistad y de una época donde gran parte del mundo era todavía una incógnita y el rom

anticismo del peligro y lo que restaba por descubrir eran todavía posibles. Era una época en que el hombre blanco confiaba en sí mismo y en su tecnología para abrirse paso entre selvas y montañas y entre pueblos inferiores que estaban destinados a ser dominados por el gran poder cristiano. Y entre el hombre blanco la potencia a temer era Gran Bretaña.

 


En una India recientemente subyugada por la Inglaterra victoriana un bribón ex-militar y masón, Peachy Carnehan, sobrevive vaciando los bolsillos a ingleses y ricachones despistados. A un joven vestido de blanco, delgado, que lleva gafas y un fino bigote, le roba un reloj de oro mientras compra un billete de tren. Cuando contempla el símbolo que corona la cadena del reloj maldice su suerte. Acaba de robarle a un compañero masón. Cuando intenta devolvérselo el viajero ya está en su vagón. Peachy le busca y se sube al mismo. Allí sabrá que ha robado a un escritor y periodista, Rudyard Kipling. Peachy intentará devolverle el reloj sin que éste lo sepa, pero cuando un indio ricachón suba al vagón acompañado por una sandía sus planes se irán al traste. Ni corto ni perezoso aprovechará para culpar al hindú del robo y tirarlo del tren. Kipling le dirá que echó de menos el reloj en la estación. Pero entre masones, todo se perdona.
Más tarde Kipling se encontará con Danny, un corpulento ex-suboficial de grandes patillas al que el periodista debe entregar un mensaje. Danny y Peachy, ambos ex-soldados del ejército de Su Majestad, tras casi pisar la cárcel por hacer chantaje a un sultán, se reunirán en el despacho de Kipling para que ejerza de testigo en la firma de uno de los contratos más singulares jamás escrito.

Danny y Peachy han arriesgado sus vidas por Gran Bretaña, como tantos otros como ellos, y han ayudado a hacer del país de la Reina Victoria la primera potencia mundial. Sin embargo, su recompensa ha sido la pobreza y el olvido. Orgullosos, descarados y sin un penique ("Tengo buen gusto para el whisky, para las mujeres, para los chalecos y para muchas otras cosas, pero no puedo ejercer", dice Peachy), ambos han decidido que la próxima vez se jugarán el cuello en beneficio propio. Su plan es cruzar el Afganistán, atravesar el Hindukush y convertirse en reyes de Kafiristán, una región de tribus guerreras. "Por lo visto tienen 32 reyes", afirma Danny. "Nosotros seremos el 33 y el 34". "Ningún hombre blanco ha salido de allí con vida desde Alejandro", dice Kipling. "¿Qué Alejandro?", pregunta Peachy. "Alejandro Magno, rey de Grecia", responde el periodista. "Pues si lo hizo un griego lo haremos nosotros", remata Peachy. Como ya he dicho, la sangre inglesa por aquel entonces se valoraba en kilates.

Es entonces cuando Peachy y Danny firman su contrato ante Kipling, en el que se comprometen a no probar ni el alcohol ni las mujeres hasta que hayan logrado sus objetivos, y prometen repartirse todas las ganancias equitativamente. A pesar de que Kipling crea que son dos locos, todo parece estar bien planeado. La próxima vez que el periodista se encuentre con ellos quedará fascinado por el ingenio de los dos aventureros, pues no se hallará ante dos ingleses sino ante un mago loco y su ayudante. Disfrazados de esa manera cruzarán la frontera junto a una caravana y se adentrarán en Afganistán.

Si en la primera media hora de película hemos asistido sobretodo al retrato de una época y del concepto colonial sobre la vida, mientras comenzamos a atisbar lo estrechamente unidos que se encuentran Danny y Peachy, es a partir de Afganistán donde realmente contemplamos en toda su dimensión la fuerte y peculiar amistad que une a los descastados británicos. Peachy es el ingenio y la prudencia, mientras que Danny es el carisma y el corazón. 

Tras sobrevivir a los guerrilleros afganos los dos amigos se adentran en el Hindukush. "Las montañas eran altas y blancas como carneros salvajes. Siempre estaban peleando. Por la noche nos impedía dormir el fragor de sus combates". Danny queda ciego temporalmente por la nieve y sigue el camino cogido a la cola de una mula. En un momento irreal, los ingleses se toparán con dos gigantes. Cuando descubran el secreto de los silenciosos guardianes, la tierra, que tanto les había maltratado pero que en un azar del destino les había dejado expedito el camino, se hunde tras ellos. No hay vuelta atrás. 

En en su paso por las montañas cuando en un momento crucial podemos entender la idiosincrasia de los dos personajes y como su amistad va más allá de lo usual. Atrapados en la nieve y creyéndose ya muertos, los dos amigos rememoran viejas hazañas del ejército, cantan y ríen. Durante mucho tiempo han vivido día a día, y juntos han sorteado muchos peligros y esquivado muchas flechas y balas. Saben aceptar lo que el destino les depare. En ningún momento hay reproche alguno, y ambos esperan el final con alegría. Pero el alud que provocan sus risas les abrirá el camino hacia Kafiristán. El destino juega en su favor a través de su particular visión de la vida y la muerte.

Llegados a Kafiristán Peachy y Danny pondrán en marcha su plan: presentarse al rey del primer poblado que encuentren y ofrecerle sus servicios y sus rifles para crear un ejército moderno y derrocar al resto de reyes. Para ello contarán con la ayuda inesperada de Billy Fish, un gurka que ha servido en las filas británicas y que hará de traductor para los dos ingleses. Fish será lo más parecido a un tercer amigo que puedan encontrar Danny y Peachy. Como comprobarán muy pronto, el rey tiene muchos enemigos, los cuales orinan río arriba cuando ellos se bañan (costumbre muy arraigada entre aquellas tribus como pronto comprobarán). Danny y Peachy no tardarán en deshacerse del patético monarca y ocupar el trono del reino que están construyendo. Llegados al poblado, a Danny y Peachy les preguntan si son dioses. "No somos dioses, somos ingleses, que es casi lo mismo". Una aseveración colonialista que cobrará una nueva dimensión más adelante. El plan seguirá su curso con éxito, pero todo cambiará cuando Danny, que resulta ileso tras recibir un flechazo, sea tomado por el hijo de Alejandro Magno. De rey, Danny pasará ser considerado un Dios en la Tierra. 

Por consejo de Peachy los ingleses prosiguen con el engaño. Antes de partir con el tesoro alejandrino que los monjes del lugar han custiodado durante siglos, los ingleses deben esperar a que pase la temporada del monzón. Mientrastanto, Peachy construye un puente sobre un gran abismo y Danny ejerce su papel de rey divino. El patilludo soldado resulta ser un excelente legislador y reparte justicia "como si hubiera inventado las leyes", en palabras del propio Peachy. Una vez más, la amistad de los dos británicos se muestra inquebrantable. Tienen claros sus objetivos, y el papel que cada uno desempeña en esa particular asociación. En ningún momento Peachy se queja o muestra malestar alguno por ser de repente un simple ayudante. Danny le pide que le reverencie también para no despertar sospechas. Siendo una petición lógica, Peachy acepta sin más discusión.

Cuando el formidable plan está a punto de cumplirse, una mujer se cruza en su camino. Se llama Roxana, como la mítica esposa del rey macedonio, y Danny quedará prendado de su formidable belleza exótica. Peachy conseguirá quitarle la idea de acercarse a ella momentáneamente, pero las bajas pasiones de Danny comenzarán a hacer mella en la férrea disciplina del hombre-Dios.

El hombre que pudo reinar es un canto a una época perdida y, como ya he dicho, una exaltación de la amistad masculina. Durante todo el film el papel de la mujer es secundario, anecdótico. Fuera de la amistad entre Danny y Peachy las féminas son prácticamente un objeto sexual. Cuando Danny comience a creerse su papel, la importancia de los términos del contrato (en el fondo, casi los términos de la amistad de los dos pillos) saldrá a flote.

Cuando Danny decida permanecer en Kafiristán como el nuevo rey y tomar por esposa a Roxana, por primera vez surgirá una fisura en la amistad de Danny y Peachy. Cuando en su habitación los dos compañeros discuten por primera vez, más que una cortina parece separarles un abismo, tan grande y profundo como aquel sobre el que han construido el puente. El pacto ha sido roto. La ira del dios Imra se cierne sobre ellos. Al traicionar su amistad y violar el contrato, indirectamente Danny ha firmado el destino de él y de Peachy. Aunque éste pretende partir con su parte del tesoro, no podrá negar un último favor a Danny, y asistirá a su boda real para ejercer de padrino. No podía ser de otra forma: como los formidables amigos que son, el destino de Danny estará ligado al de Peachy.

Tanto Michael Caine interpretando al astuto Peachy como Sean Conneryencarnando a Danny se muestran formidables en sus actuaciones, logrando una química en la pantalla mucho más íntima y cercana que la de Newman y Redford. Los dos británicos deberían haber rodado muchos más films juntos, pero supongo que el escaso éxito de la cinta no lo hizo posible. Aunque es difícil destacar entre dos colosos como estos en lo que fueron unos de sus mejores papeles, Christopher Plummer logra obtener su pequeño pedazo de pastel encarnando a Kipling, encajando en el papel con la suavidad y perfección de un guante de seda. Del actor que interpreta a Fish y del que poco se ha vuelto a saber decir que aguanta el embiste de los dos aventureros, y siendo quiénes son ya es decir mucho. Sin duda un personaje entrañable. La bella Roxana es interpretada por la mujer de Caine por aquél entonces (y creo que actualmente siguen juntos), Shakira Caine. Un tipo con suerte, este Michael. Cuando Hustonya casi estaba desesperado por encontrar a su Roxana, él y otros invitados vieron a Shakira en una fiesta y no pudieron sino afirmar que el destino la había puesto allí para ellos.

Una de las constantes en la carrera de John Huston ha sido su intuición para rodearse de buenos guionistas y un particular olfato y saber hacer casi mágico para adaptar obras literarias. Su adaptación cinematográfica de la monstruosaMoby Dick es prueba de ello. En este filme Huston se ayudó de una colaboradora habitual, Gladys Hill, para escribir el guión. La construcción de la historia es perfecta: tenemos acción, aventuras, humor y drama a partes iguales. La impronta de un macho en el sentido norteamericano como era Huston se deja notar en la construcción de esa amistad típicamente masculina y brava que mantienen Danny y Peachy. La labor tras las cámaras de Huston es igual de impecable, manteniendo un ritmo equilibrado en todo momento, dejando que todo fluya de modo natural, desarrollando los personajes al tiempo en que la historia sigue su curso. Una labor de artesanía que no ha tenido el renombre de cintas de aventuras posteriores como la archifamosa de Indiana Jones. No entraré en afirmar cuál es mejor, para mi son todas grandes películas del género, pero sí que creo que El hombre que pudo reinar tiene un romanticismo añejo del que los filmes del arqueólogo con látigo carecen por completo.

En una las más fugaces y extrañas carreras cinematográficas, el vejete que interpreta al sumo sacerdote debutó en el cine a la edad de 103 años. Huston le descubrió mientras el abuelo trabajaba como vigilante nocturno en un olivar. El director le ofreció el papel y el buen hombre aceptó. En los primeros días todo parecía ir bien (no se podía interpretar a un chamán de forma más realista; parecía que el sacerdote hubiera sido contemporáneo del mismísmo Alejandro) pero el equipo pronto notó que el marroquí se dormía en los rodajes. La razón era que el pobre hombre había seguido con su trabajo de vigilante. Huston le hizo ver que con lo que iban a pagarle podía olvidarse de los olivos para siempre. Además, al ver algunas escenas filmadas, el anciano consideró que a partir de entonces sería inmortal. Aquel hombre tal vez fuera un analfabeto vigilante de olivares, pero desde luego supo comprender a la primera en que consistía esto del cine. 
  

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