EL JUEZ DE LA HORCA.

Publicado en por cinemio

(JOHN HUSTON)

Para homenajear al grandioso cineasta en este especial, la apuesta más segura sería hacerlo con el comentario de una película que perteneciera a la primera categoría, que no admitiera discusión sobre su calidad. Sin embargo, he creído interesante abordar la única película de Huston que no puede ser encasillada en ninguno de los dos apartados anteriores, sencillamente, porque es “otra cosa”, la excepción de esa regla que caracterizó su filmografía.

 Para empezar, “El Juez de la Horca” ni siquiera se ha podido catalogar por su género. Se sabe que es una especie de remake de El Forastero de William Wyler, en la que Walter Brennan hacía el papel del juez; y que, en esta ocasión, interpreta Paul Newman. Pero también se sabe que no es un remake cualquiera, sino una obra sumamente personal que parte de una originalidad poco común, derivada de un planteamiento totalmente desconocido en la época. En realidad, no es un western propiamente dicho, sino más bien una historia de picaresca sobre un hombre que consigue erigirse en juez, jurado y ejecutor, única ley (muy a menudo, arbitraria) de un territorio sin ella. Hablamos del juez Roy Bean (que, al parecer, fue una figura histórica), obsesionado por una famosa actriz de la época, la apasionante Lily Langtry, que brevemente aparece, interpretada por Ava Gadner.

 El argumento se estructura en dos partes bien diferenciadas. La primera de ellas, rebosante de simpatía, se caracteriza por el buen humor que reina entre los personajes, para el lucimiento de Newman. En la segunda parte, -menos brillante pero más interesante que la primera-, destaca la narración del actor secundario Nead Beatty, y una venganza rocambolesca protagonizada por Jacqueline Bisset, en la que el humor desaparece.

 Así pues, en un terreno que no termina de ser western, que no se puede definir de comedia, y que nunca estuvo en su ánimo ser un drama; Huston se empieza a mover con cierta incomodidad, que hace que esta película no alcance la maestría de otras de esta época como El Hombre de Mackintosh, La Carta del Kremlin o la grandísima El Hombre que pudo Reinar; pero que, debido a la perfección de muchas de sus escenas, tampoco cayó en el saco de espantosas mediocridades en el que se encuentran Sangre Sabia, Fat City o Phobia.

 

 

 

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