El rastro de la pantera.

Publicado en por CINE MIO

GODOJOS - (Zaragoza)

 (William A. Wellman, 1954)


A la manera del capitán Ahab de Melville, aquí Curt Bridges (Robert Mitchum) termina dando rienda suelta a su monomaníaca persecución de una bestia, negra en este caso —o eso dicen, porque ni el espectador ni muchos de los personajes la verán—. El paisaje sí es de un blanco que ciega, y en medio el rancho de la familia Bridges, único refugio frente al desamparo. Como se mueven por la casa los personajes, de una habitación a otra, y se sientan a una mesa o comparten —los tres hermanos— un mismo dormitorio, revela al espectador antes ya que los diálogos el hartazgo, y a fin de cuentas cómo el entorno amenaza con devorar a los más jóvenes de la familia Bridges. Algo que, no tardamos en comprobar, ya ha sucedido con un padre alcoholizado y con la madre, y con una de las hermanas.

 

Como la ballena en la novela de Melville, aquí una pantera es símbolo de casi todo, el agujero negro, el centro o el abismo hacia el que avanza la narración, símbolo de la tierra que ata a tres hermanos y verdugo, también puede verse así, de quien reniega del rancho o de la familia, o simplemente de quien sueña lejos de tan desapacible paisaje. Curt es el único que se encara con ese destino, rifle en mano y bajo una pelliza roja que troquela su figura sobre la nieve. A diferencia de Arthur (William Hopper) quien ve en un futuro matrimonio la manera de anclarse a otras tierras, una vía de escape en definitiva. O de Harold (Tab Hunter) romántico y errabundo, el único en esa casa —con el viejo indio, casi un fantasma— que no necesita alejarse de allí para encontrarse, aun al elevado precio que se cobrará el destino, en otro lugar. Pero es la pantera la que funciona como epicentro, la que con su esquiva presencia va devorando a la familia y de alguna manera dota a la acción de una inquietante unidad —de tiempo y espacio, todo ocurre en unas horas, en la casa o en mitad de la nieve—, y a este western tan extraño de una consistente modernidad más de medio siglo después de su estreno.

 Con El rastro de la pantera (Track of the Cat) —película tan heterodoxa como La noche del cazador de Laughton—, uno comprueba otra vez que William A. Wellman merece un lugar entre los grandes directores, en definitiva por su contribución a esa inagotable, profunda, inacabada y colectiva gran “novela” americana que es el western. Un puzle del que apenas apreciamos el dibujo escondido según vamos sumando nuevas piezas aquí y allá, cuando muchas desdibujan la idea que nos habíamos formado, lo que ya teníamos por una imagen fija.

 Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C:V:Moure 

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