EL SALARIO DEL MIEDO.

Publicado en por CINE MIO

EL SALARIO DEL MIEDO

Henri-Georges Clouzot.

Yves Montand (Mario), Charles Vanel (M. Jo), Folco Lulli (Luigi), Peter van Eyck(Bimba), Véra Clouzot (Linda), William Tubbs (Bill O’Brien)

      

GODOJOS - (Zaragoza)

 

Una compañí­a petrolí­fera ubicada en plena selva sudamericana contrata a cuatro hombres para un peligroso transporte de nitroglicerina. La tensión entre los hombres estalla durante el viaje.

os encontramos en pleno periodo de posguerra, y en una pequeña ciudad de lugar indeterminado de sudamérica. Se trata de un tugurio casi fronterizo en el que junto a los lugareños pueblan toda una galerí­a de europeos desarrapados, sin trabajo y casi sentido para su existencia. El hambre y la necesidad abunda en un entorno en donde el calor, la miseria y la sensación de que el tiempo pasa sin que nada se pueda hacer para remediar ese estado de las cosas, en un ámbito en el que la desesperación solo se da de la mano de la ausencia absoluta de perspectiva de futuro. Es en ese contexto donde la cámara de Clouzot se centra fundamentalmente en la extraña relación de amistad que se establece entre Mario (Yves Montand) y un recién llegado. Se trata de otro refugiado de ya cierta edad caracterizado por sus relativamente elegantes vestimentas -M. Jo (Charles Vanel)-. Un veterano gangster que ha perdido todas sus pertenencias de forma repentina y desea lograr dinero rápido. Pese a su interés y los contactos que tiene en algún responsable de las extracciones petrolí­feras que se encuentran relativamente cerca, no puede encontrar ningún trabajo. Sin embargo, la explosión de uno de los pozos petrolí­feros de la zona llevarán a sus responsables a la necesidad de transportar una considerable cantidad de nitroglicerina para poder explosionarla en la base del mismo y apagar el incendio.

Para ello se ven en la necesidad de contratar a cuatro de estos desarraigados por medio de unas pruebas de selección. A cada uno de los cuales prometen dos mil dólares a la llegada. El viaje es extremadamente dificultoso en unas carreteras y caminos absolutamente abandonados, y con el riesgo añadido de la propia configuración de los camiones y la fragilidad de la carga, siempre con el riesgo de explosión a cuestas. Finalmente, serán elegidos Mario, Bimba (Peter Van Eyck), Folco Lulli (Luigi) -gran amigo de Mario y que se ve desplazado cuando M. Jo ocupa un lugar de preferencia en la amistad de éste- y otro de los compañeros. Sin embargo, finalmente este último no se presenta -nadie sabe que ha sucedido pero queda evidente que M. Jo ha sido responsable de la ausencia- y es sustituido por el antiguo gángster, que será el copiloto de Mario. Los cuatro conductores irán en dos camiones diferentes y con media hora de distancia entre uno y otro.


Ciertamente es a partir de esos momentos, cuando la brillante pero un tanto alargada descripción inicial de ambientes y personajes que define la primera parte de
 El salario del miedo, deja paso a prácticamente hora y media de pelí­cula absolutamente magistral, en la que con una fisicidad asombrosa y un sentido de la aventura y el suspense absolutamente directo, sentiremos casi en carne propia las azarosas aventuras de este cuarteto de hombres fracasados, encaminados a su lucha por lograr ese dinero que les permita salir de su situación de miseria, aunque en ellos les vaya la propia vida. Con una extraordinaria fotografí­a en blanco y negro de Armand Thirard, desde sus primeros fotogramas la obra de Clouzot destaca por su casi asfixiante trasfondo fí­sico. Da la impresión que en todo momento el calor, las moscas, los caminos polvorientos y la suciedad trascienden de los personajes al espectador, como pocas veces se ha podido contemplar en el cine. Un aspecto visual que en la parte más valiosa de la pelí­cula adquiere una sorprendente personalidad, basada fundamentalmente en la combinación de dos géneros como el de la aventura y el suspense. Ciertamente, la pelí­cula de Clouzot resalta por transmitir en todo momento la sensación interna y externa de la aventura infernal, mostrando al mismo tiempo un trasfondo existencial que es evidente ya se encontraba en la novela de George Arnaud. Una odisea de cuatro personajes que en realidad viajan a la nada, a ninguna parte, pero al mismo tiempo han de demostrar su capacidad de lucha por intentar salir de un mundo que les ha tocado vivir, lleno de penalidades y en el que realmente son unos extranjeros desarraigados.


La azarosa andadura del viaje está jalonada de episodios a cual más angustioso. Y llegados a este punto hay que reconocer que momentos en apariencia tan simples puedan generar en el espectador un estado de inquietud tan grande, al tiempo que todos ellos logren sortearlos poniendo en practica la serenidad. Momentos como el cruce por la carretera de amianto, el casi inevitable choque de los dos camiones, el terrible episodio en el barranco y utilizando de él una plataforma de madera casi podrida, o la voladura de una enorme roca que impedí­a el paso de los mismos. Estos distintos fragmentos son plasmados de forma dinámica dramáticamente. Clouzot no huye incluso del “zoom” cuando cree que su presencia puede aportar un “plus” de inquietud a las tensas aventuras de todos sus personajes. Me da la impresión que en pleno proceso de rodaje, algunas de las elecciones formales elegidas por el equipo técnico tuvieron bastante de espontáneas. Y es que creo que ese aire de espontaneidad beneficia y proporciona un aire más directo al progreso de la narración, que está llena de momentos memorables, especialmente en su parte final. Uno de ellos es esa imagen absolutamente inverosí­mil pero sorprendente en el que el tabaco del cigarrillo que lí­a Mario se volatiliza repentinamente anunciando el estallido del camión que conducen sus compañeros unos cientos de metros después -tras un instante por cierto muy revelador en el que Bimba se acicala y evoca cuando lo hizo su padre antes de ser ejecutado-. O la larga y angustiosa secuencia que se desarrolla a continuación en medio de una creciente charca de petróleo. En ella el accidente que sufre Jo y las maniobras de Mario por lograr traspasarla con el camión, adquieren unas dimensiones casi épicas.

 

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