El tren de la 3:10

Publicado en por CINE MIO

Delmer Daves, 1957


 

Que el espacio parezca flotar en un tiempo de alguna manera inconcreto no resulta extraño en un western, es parte, por así decirlo, de la distancia, de la extrañeza que alcanza al espectador. El western se construye muchas veces sobre un tiempo histórico difuso, siquiera delimitado por vagas referencias a hitos con estatus de leyenda, una batalla o una confrontación normalmente —O.K Corral, la derrota de Custer…—, y a lo sumo alguna fecha señalada —con desconfianza, azarosa incluso, sustituible— al arranque de la película. También con frecuencia la ceremoniosa precipitación de los acontecimientos, los ritos al fin, obligadas estaciones de paso tantas veces, marcan la cadencia interna, y la dilatan además si fuera preciso —el tiempo flexible— en un duelo o enfrentamiento, aquí en una habitación de hotel.


En efecto, en 
El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma) el tiempo, su lento y maleable goteo, es un invitado de excepción, como lo había sido también en Solo ante el peligro; se hace presente, a fin de cuentas, en la habitación de hotel donde el pistolero Ben Wade (Glenn Ford) y además el granjero Dan Evans (Van Heflin) aguardan por el tren del título. Estamos lejos no obstante de la espera indeterminada de Sólo el valiente de Gordon Douglas o La patrulla perdida de Ford, nos encontramos ante la espera medida, dilatada si se quiere pero sometida a una segura y pronta resolución. El pistolero, que ha de tomar el tren hacia un presidio en Yuma, se muestra relajado, ajeno si se quiere a un destino que tal vez se le aparece extraño, o acaso confía en un desenlace próximo y favorable, la liberación a manos de su banda forajidos, quién sabe. Por el contrario su “carcelero”, el granjero Dan Evans, por la necesidad de construir su propio mito para consumo doméstico —para admiración de sus hijos, para obtener la confianza de una esposa que cuestiona su entrega a razones familiares—, aparece en pantalla sudoroso, impaciente e inseguro al tiempo. Uno tumbado sobre la cama y esposado tararea una melodía, en una silla el otro. La larga secuencia —en ese tiempo interno de la narración, no tanto en metraje— da pie como pocas veces en el western a la confrontación silenciosa entre dos arquetipos —el granjero y el pistolero—; el espíritu sedentario y entregado a su familia y a la tierra frente al espíritu libre e implacable, dos momentos también en la construcción del Oeste americano. El metraje anterior —el azaroso cruce de destinos de los protagonistas, el asalto de una diligencia a manos de la banda de Wade, la captura de éste, y al fin su traslado hasta Contention City, donde aguardarán el tren— se condensan en un suspiro en la memoria en comparación con las horas decantadas en un hotel.


Esa habitación en Contention City, acaso contenga entre sus paredes además el tiempo robado a horizontes más anchos, al espacio difuso —desierto, rocoso y casi lunar—que han cruzado también los dos protagonistas. No obstante, algo de la irrealidad antes referida, a pesar del tiempo estancado en la habitación, a pesar del dibujo preciso ahora del espacio, sigue presente, de la mano quizás de la asombrosa luz del operador Charles Lawton Jr. Una luz contrastada, con fuerza impresionada en cada fotograma al parecer por el empleo de lentes rojas en la cámara. La luz del recuerdo que el granjero transmitirá a su esposa e hijos, de la memoria sedimentada aun a riesgo de perder la vida, una proeza. Y no sólo la luz acrecienta esa irrealidad en este maravilloso western, además una canción —en la voz de Frankie Laine— desborda los límites de la narración, y otorga al pistolero desafecto y sereno que encarna Glenn Ford conciencia de su inclusión en esa futura memoria familiar de un granjero. Uno puede concluir que el sorprendente desenlace, la conducta al fin que guía al pistolero Ben Wade, acaso sea fruto de la autoconciencia, por llamarlo de algún modo, de quien también participa de lo que ocurre al otro lado de la pantalla. De ninguna otra forma logro explicarme por qué Wade tararea esa canción, y más aún que la escuche —como sólo la debiera escuchar el espectador— echado sobre la cama, en la habitación del hotel donde aguarda un tren hacia el presidio de Yuma, cuando nadie en pantalla, ni dentro ni fuera de campo, parece cantar, y aun así él, como nosotros, escucha el main title. "Me gusta que las mujeres canten", comenta entonces.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

Etiquetado en Mis Clásicos.

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post