El último atardecer.

Publicado en por CINE MIO

Robert Aldrich, 1961

GODOJOS - (Zaragoza)

 

Una película compleja, acomodable a simbolismos y apabullante reflexión acerca del transcurrir del tiempo, romántica e impregnada de nostalgia a su vez. El último atardecer (The last sunset) nace del cruce de las vidas del sheriff Stribling (Rock Hudson) y del forajido O´Malley (Kirk Douglas). Los planos generales al arranque, encuadrando el camino a caballo de los protagonistas, adelantan el tono y una atmósfera espectral por momentos. Kirk Douglas, atuendo negro, sonrisa enigmática y diminuto revólver a la cintura, acaso personifica el mal, un demonio investido de atractivo, o tal vez el rehén de un pasado tan oscuro como su camisa, la ilusión por permanecer en un tiempo ya transcurrido. El sheriff Stribling, contrario de O´Malley en pantalla, se amoldaría entonces a la idea de un ángel interesado en la redención de su presa. La relación entre ambos vacila entre la ambigüedad y la insinuación de afecto, apenas expresan odio o rencor alguno. 

La ambigüedad en la relación de los protagonistas, pero también en la que estos entablan con la madre e hija —Dorothy Malone y Carol Lynley— con quienes acuerdan trasladar algunos cientos de cabezas de ganado hasta Texas. La narración se estructura por tanto como un western de itinerario, arranca en México adonde ha llegado O´Malley en busca de un viejo amor, al rescate de su pasado en otras palabras. Y se estructura también sobre desconcertantes simetrías. Vemos a O´Malley intentando estrangular a un perro en atávica y breve expresión de furia, y al poco a Stribling salvando a un ternero a punto de ser apartado del rebaño; ambas acciones se suceden sin reflexión, sin anuncio casi ni apenas exposición de motivaciones o caracteres. Aquí el mal se presenta al margen de la intención de los protagonistas, marionetas al servicio de fuerzas frente a las que apenas alcanzan a resistirse. Las oscilaciones del relato crean además una sensación de vértigo emocional, por ejemplo, al moverse desde la humillación de un hombre en una cantina hasta la distendida entonación de una canción al fuego de una hoguera. En otros términos, lo que a la sazón dota a los dos protagonistas de un halo casi fantasmal, quizá sea su serena indiferencia ante la crueldad, y ante el odio que debiera impregnar su relación y apenas se atisba.


Tal vez existan elementos entre O´Malley y el sheriff Stribling que deban completarse en un ejercicio de imaginación, en una prospección tras el disfrute de este maravilloso western que, por otro lado, logra  una atmósfera hipnótica. El estoicismo de sus dos protagonistas reconforta, su resignación impregna cada fotograma; la encontramos en el tiroteo al desenlace —otro cruce de itinerarios ahora a pie, reflejo quizás de aquel con el que arrancara la película—, y apenas se resquebraja durante una intensa secuencia. En un plano al menos: el gesto de Douglas/O´Malley refleja a Missy (Carol Linley) con un vestido amarillo de su madre, un pedazo del pasado del propio O´Malley. El rostro de Kirk Douglas en unos segundos se transforma, y desborda y aun atraviesa la pantalla.

Fuente:Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

 

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