El último pistolero.

Publicado en por CINE MIO

 

 Don Siegel, 1976


el último pistolero 3

La sinfonía de reflejos en que Siegel convierte este western le otorga un aura de inquietud. Se pierde uno contando los espejos en la composición de tantos planos y como se burla el fuera de campo y hasta como se transforman en elementos dramáticos, y no sólo por mostrarnos el rostro ajado y bien digno aún, por supuesto, de John Wayne, protagonista y motor y alma de esta película serena y triste al tiempo. Como la reciente Gran Torino —con la que guarda muchos puntos en común— tributo a un mito. Y están además los rostros de James Stewart o John Carradine, compañeros de Duke en algunas de las mejores películas de la historia del cine, de entre las cuales, por cierto, extrajo Siegel las imágenes con que arranca El último pistolero(The Shootist); de La diligencia y Liberty Valance, como también de El Dorado y La legión invencible... si no me equivoco, casi nada.


El arranque por tanto no puede ser más meridiano, los últimos días de un pistolero legendario y al tiempo de un actor que al menos iguala cualquier leyenda narrada en pantalla. John Bernard Books se mueve como un fantasma por Carson City: un médico y amigo (James Stewart) le confirma una enfermedad terminal, le quedan contados días y su final, si no lo remedia antes, se volverá inaguantable y doloroso, un suplicio. John Wayne, quien da vida al pistolero, padecía por entonces la misma enfermedad y moriría dos años apenas después del estreno. Las imágenes “robadas” a un puñado de obras maestras bastan para ponernos en situación, y para que además sobre cualquier otra referencia al pasado del pistolero del título, qué nos van a contar. Nadie mejor que Wayne para mostrar la compostura que exhibe su personaje, y el buen humor con que sazona el digno final de un hombre con valor. El ocaso de una forma de vida que ya no cabe donde se encuadran o anuncian automóviles y calles asfaltadas, trenes ya eléctricos y ciudades con paseos fluviales, la civilización.


El cine como emoción, y aquí la misma se dispara además cuando el director, un sofisticado Don Siegel, ofrece laberínticos planos en interiores  sombríos, además de espejos, como ya dijimos, y de un sentido tajante de la violencia en contraste con las tiernas miradas entre el pistolero agonizante y su casera (Lauren Bacall). En la secuencia final, los espejos se tornan partícipes en el duelo. John Wayne, apoyado en la barra, espera y estudia la imagen especular de sus rivales, mira de frente y en cierta forma observa también su pasado y una muerte próxima. El actor más grande de la historia —para mí, vaya— siempre que disfrutemos y entendamos el cine como emoción, y no se me ocurre mejor manera.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

  GODOJOS - (Zaragoza)

 

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