ENCUBRIDORA.

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Encubridora

Encubridora podría verse como un westerns gótico en que sus sombras son intensas llamas tan palpitantes como su encendidos colores. Late una febril vibración ya desde sus primeras imágenes. Un impulsivo movimiento de cámara hacia Vern (Arthur Kennedy) besando a su novia, antes de despedirse. Dos forast

 

eros que se percatan de la chica despidiéndole con la mano delante de su establecimiento. Uno de ellos se fija en la peculiar manera de montar a caballo de Vern, a la vez que su mirada delata lo que le atrae la chica. Un intercambio de primeros planos entre él y ella ante la cája fuerte revela tanto que la van a atracar como el amenazante lúbrico deseo de la mirada de él. Fuera un niño oye los gritos de la chica, corre hacia el almacén, y es disparado (aunque falle) por el otro forajido. Huyen. A Vern, que está cuidando ganado, le avisan. Entra en el almacén y ve a su novia muerta. La han ultrajado antes de matarla. La cámara desciende de su rostro hasta su mano crispada en un gesto que asemeja al de un garfio. Un prodigioso inicio orquestado en acciones. Un gesto, esa mano engarfiada, que se hará entraña en Vern, y decisión enfebrecida y empecinada de buscar a los responsables. Una balada, que se repite tres veces, insuflan un aire de leyenda, de fatalidad e inexorabilidad, de 'odio, asesinato y venganza'. Como cobrará entidad legendaria las últimas palabras que dice el compinche de quien mató a su novia ( asesinado por éste): Chuck-a-luck: la rueda de la fortuna. Las pesquisas de Vern le llevan cual febril alma ensombrecida cabalgando de ciudad en ciudad, de territorio en territorio. La narración está dominada por los gestos: la tensa mirada de Vern, que parece que va a saltar en cualquier momento cual reptil, la serena y triste mirada de Frenchy (Mel Ferrer) pistolero de porte caballeroso, que protege, y ama, desde que la conoció a Altar (Marlene Dietrich), de quien sabemos por los flashbacks durante las pesquisas que fue cantante de salóon, pero ahora, mujer de mirada determinada que no oculta velada su vulnerabilidad, curtida por las adversidades, y que ahora rige un rancho de nombre Chuck-a-luck, un rancho en la frontera, como fronterizas son las emociones de esta obra, en el que acoge a forajidos, dando refugio entre golpe y golpe. Un rancho que es mansión gótica en el desierto, y donde, entre sus refugiados, está el asesino de la novia de Fern. Pero la ceguera poseida de éste impedirá que discierna quién puede ser, y será el azar de nuevo, propiciado por su manipulación de los sentimientos de Altar (paradoja de alguien que quiere justicia ante una infamia contra su ser amado), el que le revele quién es. Y la muerte volverá a hacer acto de presencia, porque el círculo de la venganza ciega sólo puede repetir la infamia que se busca restituir.

'Encubridora' (1952), cuyo título original 'Rancho notorius' fue impuesto por el productor en vez del deseado por Fritz Lang, 'Chuck-a-luck', dispone de un gran guión de Daniel Taradash, uno de los creadores que fue perseguido por la caza de brujas de McCarthy. Un western tan heterodoxo como vibrante, como lo puede ser Johnny Guitarr, que revela como otra de las numerosas obras maestras de Lang. Con imágenes imborrables, como ese lobo que aulla en la pradera tras que el asesino mate a su compinche, la fuga de la carcel de Vern y Frenchy, cuya celda adyacente está ocupada por unos políticos corruptos que temen que los linchen si pierden las votaciones que se están produciendo en esas horas, y el emotivo final, donde las balas corporeizan emociones crispadas. O un destino que es fatalidad ante todo.

 

 

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