FILÓN DE PLATA

Publicado en por CINE MIO

 (Alan Dwan, 1954 )

Los cineastas forman parte de la memoria popular y gozan de reputación, y otros parecen condenados a mantenerse en segundo plano, es un misterio que pocas veces obedece a la calidad o algenio de los afectados, son los designios del azar, de la mercadotecnia o quién sabe de qué. En cualquier caso, Filón de plata (Silver Lode) es una de las mejores películas —de las más sutiles y de ejecución más original— que han tratado el comportamiento de las masas y su inclinación hacia el linchamiento. Es un tema recurrente en el cine americano, ahí están La jauría humana de Penn o Furia, el primer Lang americano; o ya en nuestro género Incidente en Ox-Bow de Wellman o El árbol del ahorcado de Daves, entre tantas.

 Pero Filón de plata es distinta. Tanto que sorprende desde un arranque raudo, sin concesiones: un hombre (John Payne) muy querido en un pequeño pueblo del Oeste, es acusado de asesinato el día de su boda. A partir de ahí —éste podría ser el gran western que Hitchcock nunca rodó…— el protagonista dispondrá de apenas dos horas para probar su inocencia, el tiempo que le conceden antes de llevárselo para su enjuiciamiento. Ese argumento contrarreloj, Dawn es capaz de narrarlo con sorprendentes encuadres, profundidad y precisos movimientos de cámara —hay algunos planos largos que anticipan, por ejemplo, el comienzo de Grupo Salvaje—; así contemplamos el detallado y voluble comportamiento de un pueblo que pasa en un suspiro de la adoración incondicional al odio más furibundo hacia el mismo destinatario. El espacio —siempre tan bien definido— parece irse cerrando en torno al protagonista, irse plegando sobre éste, como una condena anticipada.

 En su día fue vista como otra velada —en realidad, muy evidente a la vista de la trama y del “malo” que aquí se apellida directamente “McCarty”— crítica de un tiempo de delaciones y persecución en Hollywood; pero al margen de esa lectura, lo cierto es que se disfruta como la tragedia de un hombre incapaz de demostrar la inocencia que el espectador supone; alguien arrastrado por el feroz rugido del despertar de las masas, por su mala fortuna. Le película es tan pesimista y al tiempo tan cabal en su desarrollo, que si no fuera un western dirigido por un ‛cualquiera’ como Alan Dawn, hoy sería tenida por toda una obra maestra en nuestra memoria colectiva.

Fuente : Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

 

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