Incidente en Ox-Bow.

Publicado en por CINE MIO

William A. Wellman, 1943Incidente en ox-bow.

 

Que tantos westerns hayan apenas envejecido, quizá traiga causa de su sencillez argumental, tantas veces la más depurada, lineal y meridiana expresión del acontecimiento. Algo por tanto, además de tratarse de narraciones en un espacio histórico muy preciso, que provoca hoy un visionado tan fascinante como hace cincuenta o más años. Y esa sencillez —no correspondida con la hondura al tratar asuntos que atañen a los hombres desde el principio de los tiempos— es la que se echa en falta en el cine de hoy; un cine, por qué no decirlo, en el que demasiadas veces se confunde el calado de una película con lo enrevesado del argumento que le sirve de armazón, o con lo apabullante de su puesta en escena.


En 
Incidente en Ox-Bow, el acontecimiento se resume en la noticia del asesinato de un ranchero, y la consiguiente salida de una turba en pos de los culpables. A partir de tal premisa, Wellman estructura la narración alrededor de un puñado de largas secuencias colectivas, y tomando el punto de vista de dos extraños (Henry Fonda y Henry Morgan) recién llegados a la localidad. La claridad en la exposición pone los pelos de punta, al comprobarse la frialdad con que actúa una muchedumbre inmisericorde. Subyace así uno de los conflictos recurrentes en el western: la ausencia de un monopolio del uso de la fuerza que garantice la salvaguarda del individuo enfrentado a la comunidad. La mayoría se justifica a sí misma por tanto, y fagocita o ridiculiza a quienes a ella se oponen. Como cabía esperar el desenlace es atroz, y previsible, aunque no por ello inquieta menos.

De todas formas, el cine que aspira a constituir una experiencia estética, y esta película lo es, no ha de ser tanto un tratado de sociología o derecho, sino —como escribió Susan Sontag— una expresión de la forma en que el hombre conoce. Y así en Incidente en Ox-Bow experimentamos, por la objetividad impuesta por Wellman y también por su corta duración, no sólo como pueden camuflarse las mayores atrocidades bajo el vestido de una supuesta racionalidad —la razón de la mayoría, la democracia formal al fin—, sino como apenas podemos conocer por nosotros mismos si nos servimos de la suficiente distancia respecto de quienes nos rodean. Y por ello me aventuro a decir que nadie debería permanecer en Ox-Bow, en sus calles ni con sus gentes, más tiempo del necesario (73 minutos), no fuera a perder «la distancia del forastero», la propia de los recién llegados y la del espectador también.

Fuente:Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

  GODOJOS - (Zaragoza)

 

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