Jubal.

Publicado en por CINE MIO

Delmer Daves, 1956


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En los tres westerns en que Delmer Daves dirigió a Glenn Ford, éste interpreta al hombre desarraigado que pone a prueba o se inmiscuye en la vida familiar de otro (o en la mera posibilidad de esa vida), de alguna manera su imagen especular o invertida. Aquí al “hombre bueno” y algo inocente lo interpreta Ernest Borgnine, el propietario de un rancho que empuja al espectador a titubear entre la lástima y el aprecio, por su comportamiento, por su ignorancia al fin en lo que atañe a los escarceos de su mujer (Valerie French). El escenario se reduce a ese rancho y a las tierras colindantes y aun al mapa de relaciones que una mujer traza como objeto activo de celos. Entreverado en esa red de pasiones y afectos simulados, del vaquero que interpreta Glenn Ford, del Jubal del título, poco sabemos, algo acerca de su pasado —una remota tragedia familiar— y nada de las razones de su llegada al rancho, o acaso lo que se nos dice no termina de convencer sino como evasiva. Ignoramos en definitiva de quién huye, o por qué elude las visitas al pueblo —un pueblo que no vemos— y las distracciones que a la sazón debieran entrañar. Es además chocante como el conflicto central se reconduce a un enfrentamiento entre dos hombres, los que encarnan Borgnine y Ford, ninguno de los cuales, aun a pesar de sus diferencias, se corresponde con el villano habitual en las películas del Oeste. 

Es tenida Jubal por una lectura westerniana y nada teatral de Otelo. Aun desarrollándose en un rancho, lo cierto es que las continuas cabalgadas, en otras palabras, el constante movimiento de los protagonistas entre las viviendas de ese rancho o a través de sus tierras, solventan los riesgos que pudieran temerse. También coadyuvan el empleo del scope y en especial la fotografía de Charles Lawton Jr, el mismo operador, por cierto, al que iba a recurrir Daves en las dos siguientes entregas de su ciclo con Glenn Ford. Ignoro cómo lo hace, pero la luz que imprime Lawton casi permite aventurar el minuto del día en que se desarrolla cada acción —el caer de la tarde, el final de la mañana...—, el momento del año —seguramente a principios de otoño—, y ello sin que desmerezca la iluminación en interiores, más homogénea y menos brillante sin resultar lúgubre.


Glenn Ford, en sus tres westerns con Delmer Daves, crea también un arquetipo de cowboy, distinto a los nacidos de otras fructíferas colaboraciones; distinto del algo rudo John Wayne de Ford o aun del más tornadizo de Hawks; y distinto también del apesadumbrado y vengativo James Stewart que, de la mano de Anthony Mann,  persigue siempre su redención o catarsis. Aquí —como en Cowboy y El tren de las 3:10— estamos ante el vaquero nostálgico e irredimible, sujeto a una serena ecuanimidad e incapaz además de sustraerse a un destino errabundo y así formar un hogar; y todo aun con oportunidades (más o menos veladas) a su alcance. Acaso todo sea que no ignora ya, por anteriores desengaños o derrotas, como todo se torcerá y bien se resigna o bien vacila cuando nadie apostaría ya por él. Como los mejores personajes del western —y aquí en coincidencia con los de John Wayne o James Stewart—, lleva en los ojos escrita su suerte.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

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