LA LEGIÓN INVENCIBLE.

Publicado en por cinemio

      

Las tribus indias planean unirse para una guerra total contra los blancos. El veterano capitán de la caballerí­a Brittles recibe la orden de evitar las concentraciones de indios, al tiempo que debe escoltar a la esposa y sobrina de su comandante en jefe. Además, ha de impedir que un traficante venda una partida de armas a los indios. Esta triple misión será la última del capitán antes de su jubilación.

 


Un veterano oficial de la caballerí­a estadounidense a punto de retirarse de la carrera militar tendrá que enfrentarse a su última misión.

De nuevo el dúo Ford/Wayne ofertando un estimable western, que sobresale por sus aspectos técnicos, en especial una colorista fotografí­a de reminiscencias iconográficas, y la profunda roturación psicológica de sus personajes, al margen de unas escenas de acción magistralmente rodadas.


Aunque la subtrama amorosa importe bastante poco, el miramiento sensible al microcosmos de la caballerí­a, con un John Wayne sensacional (una de sus mejores interpretaciones) eleva a esta pelí­cula de sus posibles f

 

laquezas de guión.

 

El contraste entre experiencia y juventud en un ambiente de camaraderí­a contiene todas las contanstes éticas del universo fordiano, inherente a un talante nostálgico en su emocional contemplación, personificado en el personaje focal del filme, referente claro de Ethan Edwards, protagonista de su futuro y esencial Centauros del desierto.

 


La pelí­cula nos cuenta la historia del capitán Natahn Brittles en su última semana antes de la jubilación. La historia en sí­ no es demasiado complicada, un grupo de indios está presto para alzarse en armas contra el ejército y la patrulla del capitán deberá frenar su í­mpetu. Como vemos, la historia a simple vista no tiene una gran profundidad, además la resolución de la misma es simple y casi irrisoria, pero la verdad es que toda la fuerza de la pelí­cula no está en el argumento de western, sino en las relaciones humanas que se pueden encontrar en cualquier sitio, la jubilación de alguien que no sabe hacer otra cosa y la pérdida de lo que más aprecia un militar, la amistad de sus compañeros. Bajo este argumento sencillo pero tremendo en el fondo, John Ford filma una pelí­cula de una belleza enorme en donde todo lo que pasa, o casi todo, está regido por el corazón. La utilización de la fotografí­a es magní­fica, ofreciendo un technicolor espléndido que ayuda a conseguir ese efecto melancólico que la pelí­cula desprende.


En las tres pelí­culas de la caballerí­a dirigidas por Ford nos encontramos con dos generaciones muy bien retratadas y sobre las que cae todo el esfuerzo narrativo. En esta ocasión son dos generaciones bien separadas en el tiempo. Los jóvenes que empiezan en el ejército y los que ya se jubilan. Esto le da a Ford la posibilidad de retratarlas más fácilmente porque las diferencias son tantas que no hay posibles puntos de unión entre ambas. Entre las tres obras de Ford relativas a la caballerí­a hay una gran diferencia entre los planteamientos de ellas. Si en
 Fort Apache la juventud y el í­mpetu dirigen a los protagonistas al único final posible, en Rí­o Grande tenemos a unos actores maduros en donde las relaciones padre-hijo fundamentan la parte emocional de la pelí­cula conjuntamente con los reencuentros entre Wayne y O’Hara. En La legión invencible todo sucede mucho más alejado en el tiempo, y aunque la juventud siempre está presente en esas luchas generacionales de Ford, el peso total de la trilogí­a recae sobre el personaje que Wayne interpreta, que en el caso de La legión invencible es ya un hombre que se jubila y que ha perdido ya a su familia.


Las interpretaciones, como en casi todas las pelí­culas de Ford, son impecables, con unos actores que saben lo que tienen que hacer en unos papeles que dominan a la perfección de tantas veces que los han interpretado. En el caso particular de Victor McLaglen es casi como su personaje tipo. La verdad es que una vez que Ford encuentra lo que quiere para un personaje ya no lo cambia, y MacLaglen le da justo lo que quiere e interpreta personajes en muchas pelí­culas de Ford, quizás su ascendencia irlandesa le gustaba especialmente a Ford para los personajes de sus pelí­culas en las que muchas veces hay algún irlandés, Ford aunque americano de nacimiento era de ascendencia irlandesa. Algo similar al caso de McLaglen es el de Wayne. Ford utilizó a Wayne en La diligencia por primera vez en un papel protagonista de tanta importancia y no le pareció un gran actor, yo tampoco creo que en aquella época interpretara muy bien, pero como todo se aprende, años más tarde en las pelí­culas del oeste en las que le dirigió Hawks, Ford quedó sorprendido porque el grandullón (como le llamó) ya sabí­a actuar (recordemos
 Rí­o Rojo en 1948). La verdad es que la actuación de esa pelí­cula queda hasta empequeñecida comparada con la realizada el año siguiente en La legión invencible. En el momento en el que Wayne le dio a Ford lo que querí­a, serí­a un actor indispensable para el director. La actuación de Wayne en esta pelí­cula es una de las tres mejores interpretaciones del actor, sin ninguna duda, quizá acompañando a su interpretación en El hombre tranquilo ésta sea su mejor actuación, aunque ganó un Oscar por otra pelí­cula, Valor de ley, casi más como una recompensa, porque para nada está al mismo nivel que en las pelí­culas antes comentadas. Algo que siempre me llama la atención al ver una pelí­cula de Wayne (y ésta no es la excepción) es la manera que tiene de pronunciar los nombres de otras personas en la pelí­cula, les da una importancia tremenda con unas paradas magistrales, la verdad es que es impresionante.

 

Las interpretaciones de los personajes secundarios, Joanne Dru, John Agar y Harry Crey Jr. están bastante bien y nodesentonan en absoluto, en especial Joanne Dru, que domina su personaje perfectamente. El triángulo amoroso que se establece entre ellos es también muy interesante y está perfectamente plasmado.


Lo mejor de la pelí­cula es difí­cil de determinar porque es excelente, pero yo me quedarí­a tanto con los planos de Wayne en el cementerio en donde está enterrada su mujer, ayudado de la magní­fica fotografí­a de Winton Hoch, dando esa sensación de melancolí­a tan patente en la pelí­cula y que ponen de manifiesto cuando recuerdan a los hombres perdidos en la batalla de Little Big Horn al mando del general Custer, o simplemente cuando Quincannon y Brittles recuerdan sus andaduras en el pasado. Por cierto, y hablando de Winton Hoch, es realmente interesante el hecho de que sus mejores trabajos fueron las pelí­culas que realizó con John Ford, como
 Centauros del desierto, El hombre tranquilo, o ésta misma. Una prueba más del talento de Ford, que extraí­a siempre lo mejor de todos los actores y técnicos con los que trabajaba.


El otro punto fuerte de la pelí­cula es la amistad entre Brittle y Quincannon, Wayne y McLaglen, una amistad sin fisuras, con respeto y sobre todo con afecto. En este sentido, todo lo que Brittles hace por Quincannon asegurándose de que llegue a cobrar toda su pensión al retirarse, es un magní­fico hallazgo. Toda la secuencia, desde que Quincannon se pone la ropa de paisano hasta que sale de la cantina después de la
pelea es sencillamente magistral, y cómica además, porque ninguno de los cuatro soldados que entran a arrestarlo puede hacerlo y es la mujer del coronel la que tiene que reprenderlo, acompañado de la ironí­a final cuando ella les recrimina a los cuatro por ir cuatro contra uno cuando habí­an sido apaleados por Quincannon. Todo muy entrañable.


Otra cosa interesante es el uso que Ford hace de los decorados, siempre en un segundo plano, sin importarle mucho, ya que lo que realmente quiere retratar es el drama humano y no le interesan los decorados en absoluto, recrear la realidad de las cosas ya no le importa. Qué diferencia entre los decorados de éste fuerte y los que pudimos ver por ejemplo en
 Fort Apache.


La parte de homenaje a la caballerí­a queda muy patente en el desfile mientras que salen todos en lí­nea del fuerte en unos planos filmados de una manera magistral.

El trato que se hace de los indios no es muy justo, ya que a pesar de haber sido echados de sus hogares, de haberles quitado la caza al exterminar a los búfalos, todaví­a son ellos los que son retratados como los invasores injustos y carniceros cuando lo que hací­an era defender su modo de vida y su territorio. Por fortuna Ford puso remedio a tanta injusticia, en parte propiciada también por él en un alegato final en favor de los indios en la pelí­cula El Gran Combate
(Cheyenne Autumn).

 

Otro aspecto clave de la pelí­cula que tiene mucho que ver con el cine de Ford es el momento en el que Joanne Dru, tras ser reprendida por John Agar se pone a llorar discretamente cuando éste se va y limpia sus lágrimas sobre su falda. Pues éste plano por un director normal se habrí­a filmado con ella haciendo lo mismo que hace para que el espectador lo vea. John Ford lo que hace es retrasar a Wayne de su posición en la fila del grupo para que en un momento magní­fico pueda verla e ella llorar. Así­ nos hace más cómplices de la situación.


Otro punto a destacar es la magní­fica aportación al cine que encontró Ford en Monument Valley, lugar en el que rodarí­a casi todas las pelí­culas del oeste que filmó. En esta pelí­cula aparece aún con más belleza gracias a la fotografí­a de Hoch.

Con La legión invencible, John Ford filma la segunda pelí­cula englobada en la magní­fica trilogí­a que dedicó a la caballerí­a de los Estados Unidos, una trilogí­a que empezó con Fort Apache(1948), y concluyó con Rí­o Grande (1950). El tí­tulo original está tomado de la segunda estrofa del himno que acompaña los créditos iniciales. Obtuvo el Oscar a la mejor fotografí­a en color.

La acción se sitúa en 1876, unos meses después de la derrota de Custer, en territorio castigado por los indios. Narra la historia de los seis últimos dí­as de vida militar del capitán Nathan Brittles (John Wayne), que realiza su último servicio: conducir a Soudros Weels a la esposa y sobrina Olivia (Joanne Dru) del mayor Mac Allshard (George O’Brien). En el viaje será testigo de la muerte del vendedor de rifles a los indios. Además, tratará de alcanzar el tercer objetivo de su misión.

La obra constituye un homenaje a la caballerí­a, a la importancia de su misión en la creación del paí­s, a los enormes sacrificios asumidos por sus hombres. El protagonista encarna las virtudes del cuerpo: lucha sin tregua, planea las acciones con inteligencia, las ejecuta con precisión, vela por la seguridad de los hombres y practica la constancia hasta sumar 40 años de servicio. Pese a su fuerza, es un ser humano que lleva en el alma el desgarro de la pérdida de su mujer e hijos, cuya sepultura visita con frecuencia. La próxima jubilación será su último calvario: fuera del batallón no tiene nada. La obra combina momentos épicos (salida del batallón del fuerte, dispersión de los indios, galopadas de Ben Johnson), humorí­sticos (roces de Flint y Pennell, lo que dice y hace el sargento Quincannon, borrachí­n y pendenciero) y lí­ricos (visitas del capitán al camposanto). El homenaje a la caballerí­a incluye una apuesta clara por la paz. “Somos viejos para hacer la guerra, pero podemos impedirla”, dice Brittles a Caballo Loco.

La fotografí­a, en la que Ford puso especial interés, aporta una narración visual deliciosa, ambientada en “Monument Walley”. Ofrece unos celajes magní­ficos, escenas de acción muy bien construidas y un dibujo bellí­simo. Cada fotograma parece un cuadro extraí­do del museo de Frederic Remington, afamado pintor americano del XIX, inspirador de la estética del filme. La dirección de la fotografí­a corrió a cargo de Winton Hoch (Centauros del desierto). La música exalta la acción con solemnidad, aporta himnos militares interpretados a coro, melodí­as suaves (soledad) y festivas (bailes). El guión se basa en el relato “War Party” de James Warner Bellah. La soberbia interpretación de John Wayne, envejecido y encanecido por exigencias del personaje, es una de las mejores de su filmografí­a. La dirección demuestra sabidurí­a en el movimiento de actores y en la fluidez de una narración que traspira humanismo.

La pelí­cula es un antológico western clásico: el que mejor aprovecha las imágenes de las reservas de Utah. 

la es un antológico western clásico: el que mejor aprovecha las imágenes de las reservas de Utah.

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