LA NOVIA DE FRANKENSTEIN.

Publicado en por CINE MIO

Película estrenada entre 1935-1937

 Director: James Whale. 1935. EE.UU. B/N

Intérpretes: Boris Karloff (el monstruo), Colin Klive (Henry Frankenstein), Valerie Hobson(Elizabeth Frankenstein), Elsa Lanchaster (la novia)

 Tras haber sobrevivido de forma milagrosa al incendio en el viejo molino, el Monstruo continúa causando estrados. Entre tanto, su creador, Henry Frankenstein, se recupera de sus heridas y trata de resistirse a la ignominiosa oferta del Dr. Pretorius para que colabore con él. Tras una breve estancia en la cárcel, el Monstruo encuentra refugio junto a un ermitaño ciego, que le enseña a hablar. Más tarde, trabará amistad con Pretorius, que secuestrará a la mujer de Frankenstein para asegurarse la colaboración de éste en el proyecto de crear una compañera para el Monstruo. Sin embargo, la nueva criaturaretrocederá espantada al conocer al que se suponí­a que iba a ser su compañero. Enfurecido por semejante rechazo, el desconsolado Monstruo deja libres a Hensy y Elizabeth, y tira de una palanca que hace que el castillo se desmorone sobre él y los demás bellacos que lo habitan.

 Dentro del mí­tico ciclo de terror clásico de la Universal, La novia de Frankenstein (1935) es la primera continuación directa de uno de sus grandes tí­tulos, El doctor Frankenstein (1931). La pelí­cula, en la que se invirtieron cuatrocientos mil dólares y cuarenta y seis dí­as de rodaje, significó el pistoletazo de salida para las múltiples continuaciones y sagas que nos brindarí­a la mí­tica productora durante su edad dorada; y con mayor o menor acierto hasta mucho después de la misma.

 La idea de rodar una continuación de Frankenstein, firmada también por James Whale, responsable de la primera parte, rondaba por la cabeza del impulsor de la saga y mandamás de la Universal, Carl Laemmle Jr., desde 1931. Pero para que el proyecto viera la luz definitivamente todaví­a faltaban algunos años, durante los cuales Whale empezó a perfilar totalmente su estilo con tí­tulos tan remarcables como El caserón de las sombras (1932) o El hombre invisible (1933), en los que la mezcla entre lo terrorí­fico, lo insólito y el humor en pequeñas pinceladas empezaron a definir su modo de hacer.

 La pelí­cula arranca con un prólogo imposible pero encantador que sucede durante una de las legendarias veladas románticas entre el poeta Percy B. Shelley, su amante Mary Shelley y Lord Byron, entre otros, en Villa Diodati (Suiza). En la escena, Lord Byron alienta a la autora de la novela que nos ocupa, con la frase “cuéntanos tus infiernos mientras el cielo brama” (en referencia a la terrorí­fica tormenta que observamos a través de los ventanales). Lo curioso y aberrante del caso es que en lugar de proseguir con su novela, Whale y sus guionistas William Hurlbut y John L. Balderston deciden que Shelley continúe su narración donde se quedó la primera pelí­cula; que en realidad supone una adaptación muy sui generis de la obra literaria, por medio de la versión teatral de la misma.

 A los pocos minutos de metraje descubrimos que, al igual que la pequeña Marí­a, que creí­amos muerta en el lago desde la primera parte, Frankenstein se salvó de su triste suerte al caer en un pozo de agua que se encontraba bajo el molino en llamas. En esta escena, en la que los antes enfurecidos lugareños, una vez disuelta la turba, se marchan abatidos ante la muestra de salvajismo que han protagonizado ellos mismos, ya se desvela fehacientemente el tono poético que envolverá toda la cinta, a pesar de tener que soportar a la cargante Una O’Connor, más lista que el hambre y convencida de que el monstruo sigue vivo, en uno de los mencionados y casi siempre incomprendidos toques de humor del director.

Otro de los grandes e ineludibles aciertos de la cinta es el doctor Pretorius, interpretado por Ernest Thesiger, a todas luces el auténtico monstruo de la función, el “Mister Hyde” de Henry Frankenstein, su otra cara, en definitiva, su complemento ideal.

Cabe destacar la extraña secuencia de los homúnculos en las botellas, en la que el doctor muestra sus pequeñas creaciones, encerradas en unos botes de cristal cilí­ndricos. En ellos observamos, igual de fascinados que Henry Frankenstein, unos diminutos personajes vivos que luchan por escapar de su encierro ante el placer de Pretorius. Lejos de lo que podrí­a parecer al visionar esta curiosa escena, la pelí­cula se basa en ideas de la escritora. Shelley ya hablaba de homúnculos en su novela, lo que, por otra parte, demuestra el gran conocimiento que tení­an los guionistas y Whale sobre la obra.

“El mito de la vida artificial: “Los roles de cada uno de los homúnculos creados por Pretorius no son tan inocentes como parecen sino que, por el contrario, representan distintos estereotipos relacionados con el poder establecido y la dominación sexual, bien sea mediante la soberaní­a (ese rey, que por cierto, se escapa de su frasco buscando los favores de su azorada reina), las fantasí­as sexuales (la bailarina y la sirena), la tentación (el diablo), e incluso su represión moral institucionalizada (el arzobispo): poder y sexo que Pretorius desea canalizar creando a la criatura que mejor puede servir a sus ansias de notoriedad y, por qué no, quizá también a sus deseos más inconfesables: una mujer” .

Aquí­ entendemos la importancia de esta escena, que aparte de inspirar a las posteriores creaciones de Dr. Cyclops (1940, Ernest B. Schoedsack) o Muñecos infernales (1936, Tod Browning), nos resume el “leit motiv” de la obra en un instante prodigioso.

Continuando con las escenas magní­ficas (la pelí­cula está repleta de ellas y es imposible enumerarlas todas aquí­), El doctor Pretorius y la criatura, interpretada de nuevo por Boris Karloff, protagonizan uno de los momentos más intensos del filme, junto a la visita del monstruo al anciano ciego. Nos referimos a la que acontece en las catacumbas, donde se encuentran cara a cara los dos “monstruos”, para brindar con vino por la creación de la vida a partir de la muerte. Esta escena, digna de pasar a los anales de la historia del cine como una de las mejores, supone una pieza soberbiamente iluminada, en la que Whale demuestra un sobrehumano dominio de la profundidad de campo, la fotografí­a y el encuadre. El instante en el que hace su aparición el monstruo, siendo iluminado por un haz de luz totalmente cenital, para acto seguido desaparecer por un momento hasta alcanzar el siguiente haz y entrar directamente en escena, es sencillamente perfecto.

También es crucial mencionar la interpretación; el grado de vileza, egoí­smo y manipulación que alcanza Pretorius, en su irrefrenable carrera hacia sus objetivos, se retrata de una manera ejemplar, apoyada por la potente actuación del espectacular Boris Karloff. A partir de este momento, y por si nos quedaba alguna duda, estamos totalmente convencidos de que nada podrá detener la determinación del maléfico villano.

Pero acerquémonos por un momento al quid de la cuestión: La “novia” que nos prometí­a el tí­tulo, como sí­mbolo de la humanización del monstruo. Ésta aparece en escena entre impactantes explosiones eléctricas y rebuscados planos aberrados. Se trata de Elsa Manchester, a quien ya habí­amos visto como Mary Shelley en el prólogo de la cinta. Sus movimientos robóticos al surgir tras las vendas, su expresión de espanto inundando los enormes ojos, incapaces de descubrir al ser sensible que se esconde tras el monstruo y, cómo no, el peinado imposible con sus zigzagueantes mechas blancas, se han convertido por derecho propio en una imagen recurrente y obligatoria en la historia del cine.

La novia de Frankenstein, por muchos motivos, es una pelí­cula muy superior a su predecesora. Cargada de poesí­a y genialidad, representa un extraño paréntesis en la no menos grandiosa producción de la Universal; alejada de todo cuanto la rodeaba, la pelí­cula ha servido de inspiración y referente para multitud de directores y guionistas del cine actual. Una insólita y extravagante isla en un mar de grandes pelí­culas, que salió a flote gracias a un personaje como James Whale, que, al igual que el fascinante doctor Pretorius y sus botes de cristal, fue capaz de encerrar auténtica magia dentro de su pelí­cula.

Curiosidades

- Tanto en los créditos iniciales como en los finales se mantiene la incógnita sobre quién interpreta a la compañera del monstruo, situando un sí­mbolo de interrogación en el lugar que deberí­a ocupar la actriz.

- Por motivos comerciales la pelí­cula fue montada de nuevo posteriormente a su estreno. Muchas escenas fueron ajustadas o directamente suprimidas. En total desaparecieron unos 15 minutos. La versión que conocemos actualmente dura unos 75 minutos aproximadamente.

- Elsa Lanchester (Mary Shelley/novia de Frankenstein) no fue la única actriz que jugó un papel doble en la pelí­cula, ya que Una O’Connor, aparte de dar vida a la mujer cargante delante del molino, también interpretó a la criada en Villa Diodati en el prólogo (aparece llevando los perros).

- Tí­tulos de rodaje: The Return of Frankenstein / Frankenstein Lives Again!

- La censura hizo reducir la cantidad de muertes; de 21 en el guión original, hasta sólo 10.

      


 

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