LOS INCONQUISTABLES.

Publicado en por CINE MIO

Inconquistables
El western arranca donde comienza esta película —el canto a la libertad de un cineasta “conservador”, lo que no siempre se advierte en su cine—, en el anhelo de los desahuciados por los nuevos territorios, en la búsqueda de otra oportunidad, como fue para muchos la llegada desde Europa al Nuevo Mundo. Un territorio cinematográfico, por tanto, próximo a Río de sangre de Hawks, Corazones indomables de Ford o Más allá del Missouri de Wellman, el prewestern, según acta bautismal de ciertos críticos. Un territorio fechado entre finales del XVIII y el primer tercio del XIX, y antes de la independencia colonial, en el caso particular de Los inconquistables (Unconquered). Las mismas colonias donde se entrecruzan destinos —el de la “inglesa” Paulette Goddard, condenada al exilio en el Nuevo Mundo, y el del capitán Holden (Gary Cooper)— tan disímiles en apariencia.

Estamos además en el tiempo de la conquista, de espíritus audaces y también de torticeras maniobras políticas, de la frontera como puente con los indios y como camino al tiempo para la imposición de otra civilización. En definitiva, en el momento de la esperanza como inagotable desplazamiento. El último de los westerns de Cecil B. DeMille, bien pudiera por tanto representar el arranque de una gran epopeya; más próxima sin embargo a las cadencias del cine de aventuras que al ceremonioso compás westerniano, por ello admite tantas secuencias aderezadas de suspense y asombro, como la liberación de Paulette Goddard de entre los indios, o la última, angustiosa y construida sobre la inminencia de una tragedia colectiva, sobre el engaño, sobre la frustración de cualquier esperanza.


DeMille nos entrega su verdad estética y política, una explosión de color, entre transparencias y decorados, que resalta la viveza frente al acartonado trasfondo de personajes —el Capitán Holden, el villano Garth, o hasta los indios aquí faltos de honor— decididos y de incorruptible ánimo, ambiciosos por tanto. Además
 Los inconquistables puede disfrutarse como cine político, la exploración del espíritu liberal y democrático a partir del retrato —lejos de cualquier moralina— de un grupo de desahuciados, ya de otras sociedades, como la joven inglesa que encarna Goddard, ya de cualquier futuro familiar o afectivo en el caso del capitán Holden; los mismos desahuciados que entendieron la libertad como lucha emancipada de cualquier miedo o recelo, de ahí lo de audaces. Y el retrato también de la implantación de un sistema político, y de sus riesgos aun, a fin de cuentas, eso transmite una secuencia final donde la muchedumbre discute y una mayoría parece imponerse, criterio fatal según aventura el espectador. DeMille resuelve con distancia y traza lo que acaso sea una lúcida representación de los peligros de una democracia salvaje: un montón de hombres y mujeres discutiendo en pantalla, incapaces de escucharse y de mirar hacia aquello que ocurre fuera de campo.

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  CHARLES COBURN

. ARLENE DAHL

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