LOS INCONQUSTABLES.

Publicado en por cinemio

Los Inconquistables

 

     Si bien a Cecil B. DeMille se le recuerdacomo un director de grandes filmes bíblicos, lo que le hacía merecedor del aplauso del público menos exigente, el que se entrega a la ficción para evadirse de sus adversidades diarias, y, de paso, como si fuese incompatible arte y negocio, el rechazo de los críticos especializados, su producción está plagada de títulos que hablan sobre el nacimiento de su patria, los USA. En este apartado destacanThe plainsman (Buffalo Bill, 1936), Union Pacific (Unión Pacífico, 1939), Reap the wild wind (El desafío del mar, 1942), The story of Dr. Wassell (Por el valle de las sombras, 1944) y el más complejo, y olvidado, de todos ellos: Unconquered (Los inconquistables, 1947).
     Unconquered pone en imágenes las cruentas batallas entre los conquistadores y los nativos que tuvieron lugar en 1763 en Fort Pitt, enclave militar origen de Pittsburgh, ciudad disputada por los estados de Ohio, Virginia y Pennsylvania, fortín en los límites del nuevo mundo, fin del presente y comienzo del futuro. Perfectamente ambientado, aunque con algún error histórico, en la rebelión de Pontiac, líder de los ottawas, descubrimos que el cadalso en el reino de George III podía ser conmutado por unos años de esclavitud en las colonias y que los traficantes de armas (en aquellos tiempostomahawks y mosquetes) se codeaban con los militares y políticos. Vemos como un barco se dirige hacia las costas de Virginia con la facinerosa Abigail Martha Hale (Paulette Goddard) a bordo, mujer de mala suerte cuya belleza no pasa desapercibida en alta mar, lo que lleva al taimado comerciante Martin Garth (Howard da Silva) y al capitán Christopher Holden (Gary Cooper) a rivalizar en una subasta, pública e improvisada en la cubierta de la nave que los trasporta, con una puja que siempre es aumentada en 6 peniques por este último. Una vez en tierra, el tenaz comprador le entrega su carta de libertad, pero el perdedor se hace con los servicios de la mujer, que cree que ha sido víctima de un divertimento. Cuando Chris, libre del compromiso sentimental que le obligó a partir con premura nada más pisar tierra, y Abby vuelven a encontrarse comienza la aventura, y entre disparos, demostraciones de como la ciencia desterrará a la magia (el truco de la brújula), persecuciones y cataratas, organiza un ejército de gaiteros, tamborileros y muertos que logra salvar a la población refugiada en Fort Pitt del asedio al que es sometida por Guyasuta (Boris Karloff), jefe de los senecas. Claro que sin la planta de Gary Cooper a ver como le cuentas a una indomable ex convicta que la has utilizado de cebo.
     Frank James Cooper que había sido Wild Bill Hickok, el doctor Corydon M. Wassell y el tejano Dusty Rivers en North West Mounted Police (Policía Montada del Canadá, 1940), cumplió con su cuarto trabajo a las órdenes del excesivo DeMille los veinte años de contrato con la Paramount -no por ello se resintió el rodaje con su desidia o apatía- y Pauline Marion Goddard Levy, que había protagonizado junto a John WayneReap the wild wind para el mismo director, son los protagonistas principales de una cinta que contó con más de 4.000 secundarios y extras, entre los que podemos encontrar a Sir C. Aubrey Smith, Lloyd Bridges a el rudo y entrañable Ward Bond. Un número de personas que durante cien días y con un presupuesto cercano a los cuatro millones de dólares debió ser gestionado por el excelente profesional que era DeMille con mano dura, por otra parte, lo habitual en él, tanto dentro como fuera de los platós.
     Con más de dos horas de metraje, el resultado fue un western pionero, un trabajo memorable y atractivo, conocido por quienes trabajaron en ella como The perils of Paulette (Los peligros de Paulette), debido a las muchos riesgos que debió sortear la estrella femenina; un manifiesto acerca de la importancia de la intriga en la narración fílmica; una diversión rodada en parajes naturales, como el río Snake, escenario de un emocionante acoso en canoa, y decorados con forillos inolvidables en su Technicolor
. También es una alegato a favor de la libertad individual, a pesar de sus contradicciones e incorrecciones humanistas y políticas (los indios son los que detienen el progreso, no los expoliados, aunque el director se cuida mucho de mostrar su barbarie en primer plano -lo que se agradecería en taquilla-: oculta los cadáveres y nos hace imaginar el horror al enfocar la muñeca con la que juega un perro abandonado o el rojo de una casaca; un piel roja puede ser abatido por el fulminante disparo de un hombre blanco), de como el sueño del Pacífico es imparable, de como las puertas se cierran tras las penurias y muestran el camino de la esperanza y la razón que proclamaba Benjamin Franklin: “Allí donde la libertad eche raíces estará mi tierra”.

Etiquetado en Mis Clásicos.

Comentar este post