MATAR UN RUISEÑOR.

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                         MATAR UN RUISEÑOR   

                                                ¿Por qué matar a un ruiseñor? Por qué hacer daño a una criatura que nos hace un bien con su presencia, que alegra la vida con su canto? ¿Por qué hacer daño a la nobleza? Atticus Finch (Gregory Peck) es un excepcion  al ejemplo de nobleza de espíritu. Un hombre razonable, cabal, sereno y comprensivo. Caballero cuyas lides son combatir los prejuicios y las presunciones. Defiende a un hombre negro acusado de violar a una blanca en un contexto, una población sureña, en el que racismo aún palpita feroz en ciertas mentes mezquinas, aunque sepa que se enfrenta a casi un imposible. Los caballeros asumen que van a contracorriente. Recibe un escupitajo de uno de esos representantes de la mentalidad obtusa sin responder a la provocación de la violencia. Porque ésta es algo a combatir. No anima al uso de las armas, aunque su hijo quiera disfrutar de una de ellas como otros chicos de su edad. Pero tiene que disparar contra un perro rabioso, y dando muestras de su gran habilidad con la punteria. Pero no cree en los alardes, como no hay heroismo en su acción, sino necesidad. Se enfrenta a la turba que quiere linchar al hombre negro acusado, su arma es el razonamiento templado. Atticus es otra encarnación de una figura como Lincoln (en 'El joven Lincoln' de John Ford, el celebre político se enfrenta a una situación parecida). Y es un gran maestro,como cuando instruye a su hija en la necesidad de ponerse en la piel de los otros, para comprender cómo se sienten y cómo piensan. Los otros,o lo otro, no es una amenaza, como cuando se imbuye de incóngita inquietante, caso del hijo del vecino, que se dice vive encerrado, y puede ser una ominosa amenaza ( cual fantasma de un castillo gótico). Es lo que representa para la mirada de los niños (que penetran en su porche, en la noche, como prueba de acción heróica), una mirada que conduce el relato, haciendo de éste narración de descubrimiento. Así vamos descubriendo a la figura de su padre, entreverada con la mirada admirada de sus hijos, que van apreciando sus contrastes, y aprendiendo que en la vida lo importante son las luchas, porque las derrotas son parte de ese tránsito. Como lo es la pérdida. Con qué sutilidad se hace palpable la falta y ausencia de la fallecida madre en la casa y en el propio Atticus, cuya consciencia de la pérdida ha fortalecido su sabiduría. Y esa figura siniestra, ese ogro del cuento, esa sombra ausente del hijo del vecino, durante casi todo el relato, cobrará otra dimensión en el conmovedor y bello último tramo. Y descubrimos que bajo la apariencia, tras la proyección estigmatizadora que ha hecho de la incógnita temor y amenaza, no hay sino un ruiseñor. Una figura frágil y noble que salva a los niños de la real amenaza, la turbia mentalidad del obtuso racista. La delicadeza sensible de esos momentos eleva esta entrañable obra a las alturas de la dolorosa consciencia de la real magia, la consciencia de cómo nuestra ignorancia no se esfuerza en ver la bella vulnerabilidad del ruiseñor.


'Matar a un ruiseñor' (1962), de Robert Mulligan, con un excelente Gregory Peck, y con una de las primeras interpretaciones de Robert Duvall como esa figura siniestra que se descubre ruiseñor, es una mágica y emotiva odisea de conocimiento, un aprendizaje de la vida con todos sus contrastes, con un modelo, Atticus, del que todos deberíamos aprender, o quizás más bien aspirar a ser como él. Mulligan realizón también otras notables obras como La noche delos gigantes o El otro. Como anécdota, reseñar que el niño vecino, compañero de andanzas de los dos hermanos, está inspirado en Truman Capote,amigo de la autora, Harper Leer, cuyas vivencias infantiles, cuando tenía 10 años, transformó en este bello relato.

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