MISIÓN DE AUDACES.

Publicado en por cinemio

 No es extraño que en una película de John Ford —ésta que nos ocupa y Dos cabalgan juntos y El hombre que mató a…— la amistad entre dos hombres, con personalidades confrontadas, sirva de centro de la narración. En Misión de audaces además en el camino de tal amistad, y como umbral de la misma, se cruza la Guerra de Secesión, una contienda representada como el espacio de fraternidad de los integrantes de una compañía, los horse soldiers del título original. Así el conflicto entre los protagonistas, de no hallarse enmarcado en el desarrollo de una arriesgada misión —la destrucción de una línea de ferrocarril en territorio confederado— resultaría improbable; las vidas del médico asignado a la compañía (William Holden) y del coronel Marlowe (John Wayne) con dificultad se cruzarían en cualquier otro escenario.   
Marlowe ni aplaude ni crítica ni cuestiona siquiera la naturaleza de un conflicto al que se resigna, la misma resignación, por otro lado , a la que se ve empujado, ante la ineficacia de su labor, el médico y a la sazón imagen especular de Marlowe. La guerra, digámoslo así, se desarrolla pues al margen de las pasiones de quienes en ella combaten, de quienes aún pretenden conservar algo de su decoro en mitad de una lucha entre conciudadanos. El buen soldado apretará el gatillo y encarnizadamente combatirá llegada la ocasión, pero jamás contra un niño —memorable la secuencia de un ejercito de niños confederado saliendo al enfrentamiento con la compañía de Marlowe—, ni negará asistencia al herido y el ganado respeto del rival. Ejemplos de esto, no sin fordiano humor, salpican una película que al tiempo se desarrolla como intrigante juego bélico de estrategia.

Acaso con Misión de audaces, uno pueda abandonarse a la contemplación de un territorio mítico, más corpóreo que pasional, y en el que apenas las pequeñas victorias tamizan la tragedia. Un territorio mostrado, decía, en su rico entorno natural también como impasible a la sanguinaria representación que en el mismo se desenvuelve. Y quizá sea esa lucha, ese otro combate hueco de palabras y pólvora —la convicción en cierto modo de que esa tierra y sus ríos y árboles, su naturaleza al fin, sobrevivirán a cualquier guerra— lo que reconforta cualquiera que sean los insatisfechos deseos de los protagonistas.

 

 

 

 

Etiquetado en Mis Clásicos.

Comentar este post