MY FAIR LADY.

Publicado en por cinemio

My fair lady                

              Los manifiestos decorados que no esconden su condición de construcción artificial, su estilizada fotografía y su exuberante vestuario se conviertien en piezas de un juego escénico sostenido sobre puestas en escena. Higgins (Rex Harrison) modela a Eliza (Audrey Hepburn) para transformarla en un personaje, en lo que no es, jugando con las apariencias, para demostrar su talento como modelador cuando engañe a los que interpreten su apariencia como identidad, el parecer como es. Que nadie advierta que es un florista de origen humilde, de los bajos fondos, sino una refinada dama de alta alcurnia. Es una representación que afirmará su ego, Eliza es una pieza, un instrumento de su escenificación. Del mismo modo, las contrastadas clases, sus diferenciados ambientes, quedan evidenciado como un espacio de representación, con sus pautas de conducta y expresión. La viveza de los bajos fondos contrasta con el envaramiento de la clase alta que vive sobre todo de la imagen. Aunque, como queda manifiesto, con la figura del padre de Eliza, la imagen, en este caso la de pícaro vividor a costa de los demás, es una cuestión crucial. Y, por supuesto, ante todo, el juego de representaciones tanto de la identidad de géneros como de las proyecciones sentimentales que se dirimen en el pulso entre Higgins, esquivo misógino que desearía que la mujer fuera como es un hombre ( y en cuya visión de las relaciones no anda tan lejano del padre de Eliza), y una Eliza que se rebela ante su condición de imagen rasgando los velos de la pantalla de las presunciones al poner sobre el tapete de los juegos escénicos la autenticidad del sentimiento. El cuál quiebra las nociones de identidad, las oposiciones de las representaciones, para establecer una relación equiparada en la que el otro no supone algo sino que es aquel que se necesita para sentir que habita una realidad, no una representación. Que Higgins en el último plano le diga que le traiga las zapatillas no implica que espera que se subordine a él, sino una manera de decir, a su esquivo modo, que ha asumido la lección, o 'lanzamiento de zapatilla' que ella le ha dado, y que tanto admira su independiente voluntad como necesita de ella.

My fair lady' (1964) de George Cukor, adapta la obra teatral musical de Michael Jay Lerner y Frederick Lowe, inspirada en la obra literaria de George Bernard Shaw, 'Pygmalion'. El refinamiento estético no tiene parangón, desde el vestuario de Cecil Beaton a la fotografía de Harry Stradling pasando por la dirección artística de Gene Allen y Beaton. Harrison repitió el personaje que había interpretado en los escenarios, pero Hepburn tomó el relevo de Julie Andrews (El productor, Jack Warner, que se involucró de modo directo en la producción, tal entusiasmo le suponía este proyecto, desconfiaba de las cualidades dramáticas de Andrews). Eso sí, lo único que algo empaña esta obra es que se doblara a Audrey Hepburn en las canciones (por Marci Nixon, que parece emular a la Andrews). Contrasta con la naturalidad de los otros actores que no son cantantes propiamente dicho. Habiendo visto escenas cantadas por Audrey resultan mucho más vitales y genuinas que los gorgoritos de opereta de quien la dobla que son a la postre mucho más forzados aunque seas técnicamente más brillantes. Es como si estuviera en otra película. De todos modos, el disfrute de esta gran obra sigue siendo igual de incomparable, para mi gusto, uno de los grandes musicales que ha dado el cine. Desde luego, uno de mis favoritos.

 

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