POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS.

Publicado en por cinemio

Por quien doblan las campanas 


Habían llegado a través de la espesa arboleda hasta la parte alta en que acababa el valle, un valle en forma de cubeta, y Jordan sospechó que el campamento tenía que estar al otro lado de la pared rocosa que se levantaba detrás de los árboles.

Allí estaba efectivamente el campamento, y era de primera. No se le podía ver hasta que no estaba uno encima, y desde el aire no podía ser localizado. Nada podía descubrirse desde arriba. Estaba tan bien escondido como una cueva de osos. Y, más o menos, tan mal guardado. Jordan lo observó cuidadosamente a medida que se iban acercando.

Había una gran cueva en la pared rocosa y al pie de la entrada de la cueva vio a un hombre sentado con la espalda apoyada contra la roca y las piernas extendidas en el suelo. El hombre había dejado la carabina apoyada en la pared y estaba tallando un palo con un cuchillo. Al verlos llegar se quedó mirándolos un momento y luego prosiguió con su trabajo.

—¡Hola! –dijo–. ¿Quién viene?

—El viejo y un dinamitero –dijo Pablo, depositando su bulto junto a la entrada de la cueva.

Anselmo se quitó el peso de las espaldas y Jordan se descolgó la carabina y la dejó apoyada contra la roca.

—No dejen eso tan cerca de la cueva –dijo el hombre que estaba tallando el palo. Era un gitano de buena presencia, de rostro aceitunado y ojos azules que formaban vivo contraste en aquella cara oscura–. Hay fuego dentro.

—Levántate y colócalos tú mismo –dijo Pablo–. Ponlos ahí, al pie de ese árbol.

El gitano no se movió; pero dijo algo que no puede escribirse, añadiendo:

—Déjalos donde están, y así revientes; con eso se curarán todos tus males.

—¿Qué está usted haciendo? –preguntó Jordan, sentándose al lado del gitano, que se lo mostró. Era una trampa en forma de rectángulo y estaba tallando el travesaño.

—Es para los zorros –dijo–. Este palo los mata. Les rompe el espinazo. –Hizo un guiño a Jordan–. Mire usted; así. –Hizo funcionar la trampa de manera que el palo se hundiera; luego movió la cabeza y abrió los brazos para advertir cómo quedaba el zorro con el espinazo roto. Muy práctico –aseguró.

—Lo único que caza son conejos –dijo Anselmo–. Es gitano. Si caza conejos, dice que son zorros. Si cazara un zorro por casualidad, diría que era un elefante.

—¿Y si cazara un elefante? –preguntó el gitano y, enseñando otra vez su blanca dentadura, hizo un guiño a Jordan.

—Dirías que era un tanque –dijo Anselmo.

—Ya me haré con el tanque –replicó el gitano–; me haré con el tanque, y podrá usted darle el nombre que le guste.

—Los gitanos hablan mucho y hacen poco –dijo Anselmo. El gitano guiñó a Jordan y siguió tallando su palo.

Pablo había desaparecido dentro de la cueva y Jordan confió en que habría ido por comida. Sentado en el suelo, junto al gitano, dejaba que el sol de la tarde, colándose a través de las copas de los árboles, le calentara las piernas, que tenía extendidas. De la cueva llegaba olor a comida, olor a cebolla y a aceite y a carne frita, y su estómago se estremecía de necesidad.

—Podemos atrapar un tanque –dijo Jordan al gitano–. No es muy difícil.

—¿Con eso? –preguntó el gitano, señalando los dos bultos.

—Sí –contestó Jordan–. Yo se lo enseñaré. Hay que hacer una trampa, pero no es muy difícil.

—¿Usted y yo?

—Claro –dijo Jordan–. ¿Por qué no?

—¡Eh! –dijo el gitano a Anselmo–. Pon esos dos sacos donde estén a buen recaudo; haz el favor. Tienen mucho valor.

Anselmo rezongó:

—Voy a buscar vino.

Jordan se levantó, apartó los bultos de la entrada de la *cueva, dejándolos uno a cada lado del tronco de un árbol. Sabía lo que había en ellos y no le gustaba que estuvieran demasiado juntos.

—Trae un jarro para mí –dijo el gitano.

—¿Hay vino ahí? –preguntó Jordan, sentándose otra vez al lado del gitano.

—¿Vino? Que si hay. Un pellejo lleno. Medio pellejo por lo menos.

—¿Y hay algo de comer?

—Todo lo que quieras, hombre –contestó el gitano–. Aquí vivimos como generales.

—¿Y qué hacen los gitanos en tiempo de guerra? –le preguntó Jordan.

—Siguen siendo gitanos.

—No es mal trabajo.

—El mejor de todos –dijo el gitano–. ¿Cómo te llamas?

—Roberto. ¿Y tú?

—Rafael. ¿Eso que dices del tanque, es en serio?

—Naturalmente que es en serio. ¿Por qué no iba a serlo?

Anselmo salió de la cueva con un recipiente de piedra lleno hasta arriba de vino tinto, llevando con una sola mano tres tazas sujetas por las asas.

—Aquí está –dijo–; tienen tazas y todo.

Pablo salió detrás de él.

—En seguida viene la comida –anunció–. ¿Tiene usted tabaco?

Jordan se levantó, se fue hacia los sacos y, abriendo uno de ellos, palpó con la mano hasta llegar a un bolsillo interior, de donde sacó una de las cajas metálicas de cigarrillos que los rusos le habían regalado en el Cuartel General de Golz. Hizo correr la uña del pulgar por el borde de la tapa y, abriendo la caja, le ofreció a Pablo, que cogió media docena de cigarrillos. Sosteniendo los cigarrillos en la palma de una de sus enormes manos, Pablo levantó uno al aire y lo miró a contraluz. Eran cigarrillos largos y delgados, con boquilla de cartón.

—Mucho aire y poco tabaco –dijo–. Los conozco. El otro, el del nombre raro, también los tenía.

—Kashkin –precisó Jordan y ofreció cigarrillos al gitano y a Anselmo, que tomaron uno cada uno.

—Cojan más –les dijo, y cogieron otro. Jordan dio cuatro más a cada uno y entonces ellos, con los cigarrillos en la mano, hicieron un saludo, dando las gracias como si esgrimieran un sable.

—Sí –dijo Pablo–, era un nombre muy raro.

—Aquí está el vino –recordó Anselmo.

Metió una de las tazas en el recipiente y se la tendió a Jordan. Luego llenó otra para el gitano y otra más para sí.

—¿No hay vino para mí? –preguntó Pablo. Estaban sentados uno junto a otro, a la entrada de la cueva.

Anselmo le ofreció su taza y fue a la cueva a buscar otra para él. Al volver se inclinó sobre el recipiente, llenó su taza y brindaron todos entonces entrechocando los bordes.

El vino era bueno; sabía ligeramente a resina, a causa de la piel del odre, pero era fresco y excelente al paladar. Jordan bebió despacio, paladeándolo y notando cómo corría por todo su cuerpo, aligerando su cansancio.

—La comida viene en seguida –insistió Pablo–. Y aquel extranjero de nombre tan raro, ¿cómo murió?

—Le atraparon y se suicidó.

—¿Cómo ocurrió eso?

—Fue herido y no quiso que le hicieran prisionero.

—Pero ¿cómo fueron los detalles?

—No lo sé –dijo Jordan, mintiendo. Conocía muy bien los detalles, pero no quería alargar la charla en torno al asunto.

—Nos pidió que le prometiéramos matarle en caso de que fuera herido, cuando lo del tren, y no pudiese escapar –dijo Pablo–. Hablaba de una manera muy extraña.

«Debía de estar por entonces muy agitado –pensó Jordan–. ¡PobreKashkin!»

—Tenía no sé qué escrúpulo de suicidarse –explicó Pablo–. Me lo dijo así. Tenía también mucho miedo de que le torturasen.

—¿Le dijo a usted eso? –preguntó Jordan.

—Sí –confirmó el gitano–. Hablaba de eso con todos nosotros.

—Estuvo usted también en lo del tren, ¿no?

—Sí, todos nosotros estuvimos en lo del tren.

—Hablaba de una manera muy rara –insistió Pablo–.Pero era muy valiente.

«¡Pobre Kashkin! –pensó Jordan–. Debió de hacer más daño que otra cosa por aquí.» Le hubiera gustado saber si se hallaba ya por entonces tan inquieto. «Debieron haberle sacado de aquí. No se puede consentir a la gente que hace esta clase de trabajos que hable así. No se debe hablar así. Aunque lleve a cabo su misión, la gente de esta clase hace más daño que otra cosa hablando de ese modo.»

—Era un poco extraño –confesó Jordan–. Creo que estaba algo chiflado.

—Pero era muy listo para armar explosiones –dijo el gitano–. Y muy valiente.

—Pero algo chiflado –dijo Jordan–. En este asunto hay que tener mucha cabeza y nervios de acero. No se debe hablar así, como lo hacía él.

—Y usted –dijo Pablo– si cayera usted herido en lo del puente, ¿le gustaría que le dejásemos atrás?

—Oiga –dijo Jordan, inclinándose hacia él, mientras metía la taza en el recipiente para servirse otra vez vino–. Oiga, si tengo que pedir alguna vez un favor a alguien, se lo pediré cuando llegue el momento.

—¡Ole! –dijo el gitano–. Así es como hablan los buenos. ¡Ah! Aquí está la comida.

—Tú ya has comido –dijo Pablo.

—Pero puedo comer otra vez –dijo el gitano–. Mira quién la trae.

La muchacha se inclinó para salir de la cueva. Llevaba en la mano una cazuela plana de hierro con dos asas y Robert Jordan vio que volvía la cara, como si se avergonzase de algo, y en seguida comprendió lo que le ocurría. La chica sonrió y dijo: «Hola, camarada», y Jordan contestó: «Salud», y procuró no mirarla con fijeza ni tampoco apartar de ella su vista. La muchacha puso en el suelo la paellera de hierro, frente a él, y Jordan vio que tenía bonitas manos de piel bronceada. Entonces ella le miró descaradamente y sonrió.

Tenía los dientes blancos, que contrastaban con su tez oscura, y la piel y los ojos eran del mismo color castaño dorado. Tenía lindas mejillas, ojos alegres y una boca llena, no muy dibujada. Su pelo era del mismo castaño dorado que un campo de trigo quemado por el sol del verano, pero lo llevaba tan corto, que hacía pensar en el pelaje de un castor. La muchacha sonrió, mirando a Jordan, y levantó su morena mano para pasársela por la cabeza, intentando alisar los cabellos, que se volvieron a erguir en seguida. «Tiene una cara bonita –pensó Jordan– y sería muy guapa si no la hubieran rapado.»

—Así es como me peino –dijo la chica a Jordan, y se echó a reír–. Bueno, coman ustedes. No se queden mirando. Me cortaron el pelo en Valladolid. Ahora ya me ha crecido. Se sentó junto a él y se quedó mirándole. El la miró también. Ella sonrió y cruzó sus manos sobre las rodillas. Sus piernas aparecían largas y limpias, sobresaliendo del pantalón de hombre que llevaba, y, mientras ella permanecía así, con las manos cruzadas sobre las rodillas, Jordan vio la forma de sus pequeños senos torneados, bajo su camisa gris. Cada vez que Jordan la miraba sentía que una especie de bola se le formaba en la garganta.

—No tenemos platos –dijo Anselmo–; emplee el cuchillo. –La muchacha había dejado cuatro tenedores, con las púas hacia abajo, en el reborde de la paellera de hierro.

Comieron todos del mismo plato, sin hablar, según es costumbre en España. La comida consistía en conejo, aderezado con mucha cebolla y pimientos verdes, y había garbanzos en la salsa, oscura, hecha con vino tinto. Estaba muy bien guisado; la carne se desprendía sola de los huesos y la salsa era deliciosa. Jordan se bebió otra taza de vino con la comida. La muchacha no le quitaba la vista de encima. Todos los demás estaban atentos a su comida.

Jordan rebañó con un trozo de pan la salsa restante, amontonó cuidadosamente a un lado los huesos del conejo, aprovechó el jugo que quedaba en ese espacio, limpió el tenedor con otro pedazo de pan, limpió también su cuchillo y lo guardó, y se comió luego el pan que le había servido para limpiarlo todo. Echándose hacia delante, se llenó una nueva taza mientras la muchacha seguía observándole.

Jordan se irguió, bebió la mitad de la taza y vio que seguía teniendo la bola en la garganta cuando quería hablar a la muchacha.

 

 

 

Año: 1943

Duración: 174 min.

País: USA

Director: Sam Wood

Guión Dudley Nichols (Novela: Ernest Hemingway)

Música: Victor Young

Fotografía: Ray Rennahan

Reparto: Gary Cooper, Ingrid Bergman, Akim Tamiroff, Arturo de Córdova, Joseph Calleia, Katina Paxinou, Vladimir Sokoloff, Fortunio Bonanova, Mikhail Rasumny, Eric Feldary

Productora: Paramount Pictures

Premios: 1943: Oscar: Mejor actriz secundaria (Katina Paxinou). 9 nominaciones

Género: Drama. Romance. Aventuras | Drama romántico. Guerra Civil Española

Sinopsis: El estadounidense Robert Jordan, apodado "El inglés", que vino a la Guerra Civil Española con la Brigada Lincoln, está especializado en acciones especiales detrás de las líneas enemigas. Ha volado trenes, redes eléctricas, depósitos de armas... Ahora, en vísperas de una gran ofensiva, es encargado por el mando republicano para destruir un puente, la principal arteria logística del ejército de Franco. María, una joven salvada del pelotón de ejecución y Pilar, esposa de Pablo, un hombre rudo y testarudo, serán parte importante de la
operación, y mantendrán el espíritu de lucha hasta el final de la contienda. 

GODOJOS - (Zaragoza)


 
 

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