Solo el valiente.

Publicado en por CINE MIO

Solo el valiente

 Gordon Douglas


Una larga marcha fúnebre. Un breve prefacio anuncia el desastre, y Gordon Douglas alimenta esa amenaza al transmitir con la puesta en escena una creciente claustrofobia, en interiores —en el patio de un fuerte, en un cuarto apenas— y entre las rocas del desfiladero donde un puñado de soldados tratan de contener la acometida de bravos indios, o asimismo en el fuerte abandonado donde a duras penas resisten, aislados y a la espera de refuerzos cuya llegada ahoga la incertidumbre. En su planteamiento y en su progresión argumental, y hasta en el desenlace, recuerda a la poco menos solemne La patrulla perdida de Ford. La espera y la resignación de un puñado de hombres para nada ejemplares —borrachos o desertores, lunáticos o enfermos…— impulsan también aquí una película de ritmo moroso. Al mando el circunspecto capitán Richard Lance (Gregory Peck) quien, en una secuencia inolvidable, cuando ya se palpa la derrota, expone a sus hombres las razones por las cuales han sido elegidos cada uno de ellos, por él y para una misión poco menos que suicida.

La importancia del espacio, y aun de sus límites plasmados o sugeridos en pantalla. Los muros del fuerte, las altas pendientes de rocas en el desfiladero, las paredes en las dependencias donde se reciben órdenes y se encomienda una misión, el espacio al fin como un ataúd de variables dimensiones. Por otro lado los desplazamientos —entre los distintos fuertes apenas— se presentan como mero espejismo entre una y otra espera. Y así la idea de autoridad, encarnada en el capitán Lance, se debilita, sus hombres la cuestionan, y siquiera la voz imperturbable de Gregory Peck y la solemnidad de los encuadres, al tiempo que representan la creciente situación de abandono, logran desafiar un deshonroso desenlace, un motín, una deserción acaso… Quién sabe, uno contempla Sólo el valiente (Only the valiant) y ni la ceremoniosa puesta en escena logra contener la lástima, la impresión de asistir a un espectáculo cruel.

Vemos una película y nos interrogamos sobre los mecanismos que alientan determinadas emociones. Nos fijamos así en los encuadres, en la luz —en este caso el blanco y negro de Lionel Lindon, un operador que trabajaría mucho en televisión,  tiene seguramente parte de culpa—, en los movimientos de cámara y la profundidad de campo o en algún diálogo banal en apariencia. Nos interrogamos, en definitiva, por los motivos de que esas imágenes se sumerjan en nuestro interior, por la mecánica además de esa ilusión, buceamos en la película y acaso a la sazón en nosotros. Concluimos a veces que el cine es puro artefacto, un arte muy sutil en Gordon Douglas, la capacidad para contar sin subrayados el drama que acompaña la soledad de un puñado de hombres, su resignación y la compostura como su último refugio.

Fuente:Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure GODOJOS - (Zaragoza)

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