Tierra generosa.

Publicado en por CINE MIO

 

Jacques Tourneur, 1946Tierra-generosa-copia-1.jpg

Difícil explicar el encanto de esta película, precedente de Caravana de paz de Ford, Más allá del Missouri de Wellman o Tierras lejanas de Mann, en parte lírica y en parte desenfadada, sin gravedad en el tono y acaso por ello alejada del cine que puebla hoy las carteleras comerciales. Tourneur la rodó un año antes que Retorno al pasado, y algo de ese noir legendario se encuentra ya en ésta. La historia, en definitiva, de un hombre (Dana Andrews) que no halla acomodo en una vida sedentaria y convencional; es más, pocas veces un personaje ha mostrado tanta renuencia al compromiso como el Logan Stewart de Tierra generosa (Canyon Passage), un hombre en continuo movimiento, en perpetua huida. El contraste además se acentúa por una puesta en escena dinámica, correa transmisora de una vitalidad poco usual, y en parte también por la luz —una tarde lluviosa al arranque, un atardecer rojizo o una animada fiesta nocturna interrumpida por los indios— y por la nostalgia que desentierran los silencios del protagonista.

Por inusual tengo también la muestra de lealtad que ofrece Tierra generosa. Logan se empeña en la defensa del jugador que encarna Brian Donlevy; una defensa frente evidencias y juicios, y hasta a prueba de mujeres. Las pasiones y los sentimientos gozan de una estabilidad que no solivianta ni la realidad, y el odio —aquí frente a un rudo War Bond— también viene a ser incontestable, como un vínculo familiar más. La desnudez de esas pasiones además resulta subrayada por la incipiente colonización en Jacksonville, la población donde se desarrolla buena parte de la acción, donde un denso entramado de afectos e intereses crematísticos —la usura y la codicia nacida al amparo del oro— le permite a Tourneur acotar un catálogo de debilidades humanas. Sorprende la naturalidad, por así decirlo, con la que la comunidad pasa de la ayuda mutua en la construcción de una cabaña —una secuencia magníficamente rodada, donde sin apenas palabras se representa el espíritu colectivo— a la aplicación sumaria de la Ley de Lynch.


Tourneur, francés de nacimiento, llegó a América en torno a 1914 junto su padre y también director Maurice Tourneur, en cierta forma abrió así camino a otros. Lang, Preminguer, André De Toth… es curioso, algunas de las más pujantes vueltas de tuerca a las tragedia westerniana —sofisticadas muchas veces, pero también menos críticas en valores que las de otros cineastas nativos— llegaron de la mano de europeos adoptados por Hollywood. Acaso con ojos de extranjero comprendieron el espíritu liberal a la sombra del cual había de leerse la epopeya, bien porque algo universal había en ello, bien por la perspicacia desarrollada bajo la amenaza de guerras y regímenes totalitarios. Entre lo poco que quizá haya que “agradecer” a esas infamias está el expurgo de grandes directores —y grandes escritores, por cierto, Nabokov, Broch…— de cara a América, hacia la que fue también para el cine una luminosa tierra de oportunidades en algún momento de un siglo aterrador.

 

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

Etiquetado en Mis Clásicos.

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post