Una trompeta lejana.

Publicado en por CINE MIO

 

Una trompeta lejana .

Raoul Walsh, 1964

 

 


La épica  de la espera en novelas como El desierto de los tártaros de Buzzati o El mar de las Sirtes de Julian Gracq, encontró también su reflejo en el oficial Roberts que interpretara Henry Fonda en Escala en Hawai, y aun en el testamento cinematográfico de Raoul Walsh. Como en los ejemplos citados también aquí un militar aguarda, el teniente Hazard recién salido de West Point y con su carrera y ambición frenada en el remoto Fort Delivery, donde el combate se antoja una quimera, y donde asimismo la monotonía adormila a los soldados. Una trompeta lejana (A distant trumpet) se estructura además en torno a las sucesivas salidas del Fuerte, el teniente solo o en compañía de otros horse soldiers y en cumplimiento de variados cometidos. 

Walsh compendia su poética en esta película, cruce de géneros desde el cine político al bélico, western y drama romántico, y también muestra de una amplia paleta de tonos narrativos, la solemnidad en los sumarios enjuiciamientos y la comedia, por ejemplo, en la secuencia con las prostitutas acampadas frente a Fort Delivery. Pero como buena parte del mejor Walsh, Una trompeta lejana es ante todo una película de acción y aventura, donde el perpetuo movimiento y las acciones de combate —la espectacular disección de la batalla con los indios— se erigen en fiel de la balanza que aquí sopesa el desencanto y la ilusión de Hazard. El Walsh más reconocible en definitiva, el que apenas subraya emociones —a diferencia de otro grande como John Ford—, el más contenido y el más elusivo también. Un maestro de la elipsis, como en el romance entre Hazard y la esposa de su superior, donde, por cierto, Walsh muestra ser un magnífico director de actores, al sacar partido a intérpretes tan inexpresivos como Troy Donahue y en menor medida Suzanne Pleshette. El director aprovecha sus cuerpos, sus rostros como un espejo frente al cual se estuviera librando una batalla.


La concisión narrativa de Walsh además no está reñida —como tampoco en Ford— con las digresiones y detalles en apariencia más nimios, tan prescindibles como inexcusables para la suspensión de la incredulidad del espectador: el teniente Hazard colocando fotografías en su cuarto aún recién llegado al fuerte, o el mismo oficial marcando con un hierro al rojo a un desertor, y aun esos secundarios dibujados en pocos trazos y con simpatía, como aquí el general que interpreta James Gregory, quien no se cansa de glosar la vida militar con humor y citas de autores latinos. Al ver una película de Raoul Walsh, uno tiene la impresión de que no ha sido todavía reconocido en la medida de su talento.

Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

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