WINCHESTER 73.

Publicado en por cinemio

 "WINCHESTER '73"

 Le tengo tanta admiración y cariño al gran James Stewart, mi actor favorito de toda la vida junto a Robert Mitchum -es curioso solo trabajaron juntos una vez en Detective privado (1978), un aceptable "remake" de El sueño eterno de Hawks, pero casi fallecen el mismo día, el 2 y el 1 de julio de 1997, respectivamente-, que ya me parecía un escándalo que su presencia en el blog, después de casi año y medio, se limitara nada más que a su estupendo trabajo (como todos los suyos) en la coral La conquista del Oeste, si bien el “post” que dediqué a esta tan nostálgica e irregular película fue uno de los primeros. Por ello, me apetecía escribir en mi estilo desenfadado habitual (espero que exento de esa pedantería cinéfila tan habitual en los medios y tan proclive a trocar las maravillosas emociones ante la pantalla en textos soporíferos), sobre alguna de sus más egregias interpretaciones: algo que resulta poco menos que imposible por la dificultad de elección ante una filmografía tan rica en obras maestras.

Pero es el caso que la otra noche me apeteció volver a revisar esta maravilla de Winchester 73 (1950) del excelente director Anthony Mann, en lo que sería el primero de los cinco westerns que hicieron juntos. Todos ellos auténticos hitos de un género que disfrutó de una época esplendorosa en la década de los cincuenta, a saber: Horizontes lejanos (1952); Colorado Jim (1953); Tierras lejanas (1954) y El hombre de Laramie (1955), rodados en color y con formatos panorámicos (el último en cinemascope), en claro contraste con el blanco y negro y pantalla cuadrada de la película que nos ocupa.

Un filme exasperado y épico, pleno de violencia vengativa que no deja respiro al espectador, que se siente como un juguete en manos de un prestidigitador, un mago, un taumaturgo que lo arrastra con una fuerza irresistible hacia el lado más oscuro de la naturaleza humana en donde afloran la crueldad, la traición, la deslealtad, la cobardía, el odio, la miseria, el mal químicamente puro. Pero todo ello de un modo convincente y creíble gracias a un portentoso dominio de la puesta en escena, de unos diálogos ajustados, concisos y precisos y un reparto de actores sublime con un elenco de “secundarios” sin competencia posible entre los que destacan: Will Geer (como un chistoso y socarrón sheriff Wyatt Earp); Millard Mitchell (en el ranchero amigo de Stewart); Dan Duryea(como uno de los bandidos más canallas del oeste: una especie de “proto-Liberty Valance”); John McIntire (soberbio como siempre, aquí como taimado jugador de póquer y miserable vendedor de armas a los indios) o la grandiosaShelley Winters (con su arrebatadora personalidad de siempre y bien guapetona, por cierto).

 La película comienza con un plano de detalle sobre un rifle “winchester”, que fabricado por primera vez en 1873 (la guerra de secesión había terminado siete años antes), fue un arma de sofisticada manufactura gracias al cual “se conquistó el Oeste”. Y del que “uno entre miles” no tenía precio por su perfección técnica hasta el punto de que, se dice en el filme, únicamente el presidente Ulysess Grant y el gran Buffalo Bill poseían uno. Justo en el aniversario de la fiesta nacional, el 4 de julio de 1875, se convoca un concurso de tiro en el que se premia al ganador con la entrega del preciado rifle y por él precisamente van a competir los hermanos McAdam, Lin (James Stewart) y Matthew (Stephen McNally), si bien en ese momento el resto de los participantes y la ciudadanía de Dodge City (y con ellos los espectadores) desconocen que esos contendientes, en realidad, no están compitiendo exclusivamente por ese magnífico rifle, sino manteniendo una lucha fratricida en la que Lin busca vengar el asesinato de su padre a manos de su hermano.

El malhadado “winchester” irá experimentando sucesivas peripecias como si fuera un arma dotado de vida, o por mejor decir de muerte, atendiendo al indefectiblemente trágico destino que espera a sus sucesivos poseedores hasta que su legítimo dueño lo recupera. Hasta ese momento final, como ya se ha enfatizado, el espectador vive en un torbellino vengativo, una espiral de violencia mortífera, tal y como si los hados hubieran dictado una sentencia inapelable ante un paisaje de belleza casi dolorosa. Muy bien resaltado, por cierto, por la fotografía expresionista de William H. Daniels (Bahía negra,Tierras lejanas La conquista del oeste), que satura de fosca oscuridad perfiles, volúmenes y relieves de montañas, lomas y peñascos de densa sombra contrastando con la agobiante y deslumbradora luz diurna de un escenario sobrecogedor de valles desérticos y rocosos saturados de saguaros y cactus.

En definitiva, una obra maestra de Mann y uno de los trabajos inolvidables de Stewart (sorprendiendo por su carácter arisco, violento y vengativo sin piedad junto a su habitual bonhomía, valentía y caballerosidad), iniciando con esta colaboración una fructífera etapa “westerniana” que, junto a sus trabajos magistrales con Hitchcock (La sogaEl hombre que sabía demasiado; La ventana indiscreta Vértigo) o con Ford (Dos cabalgan juntosEl hombre que mató a Liberty Valance; El gran combate), entre muchos, iba a enriquecer su prodigiosa versatilidad como actor, haciéndole salir de un cierto encasillamiento como paradigma de “americano medio”, honesto y ejemplar que la industria le había impuesto en los años treinta (por ejemplo, sus soberbios trabajos con Frank CapraVive como quieras Caballero sin espada) y tras su retorno como heroico coronel de aviación al terminar la Segunda Guerra Mundial (1939-45) con la inolvidable ¡Qué bello es vivir!.


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