Seven men from now.
(Budd Boetticher, 1956)
Randolph Scott construye su interpretación sobre miradas y silencios, con pocos gestos, un antecedente de los mejores personajes de Clint Eastwood. El western no sería lo mismo sin él, y tanto Boetticher como André de Toth le deben parte del resultado de sus mejores incursiones en el género. Su interpretación se acomoda a la parquedad del filme, tan cortante como sus diálogos, apenas quebrada por algunos apuntes de la banda sonora de Henry Vars. Y también las escenas clave se resuelven con un montaje seco, sin morosidad; en especial el duelo final, donde una sucesión de planos americanos y primeros planos engaña al espectador haciéndole ver lo que sólo ha intuido.
A John Wayne —productor no acreditado— seguramente le gustó el aire fordiano, entre meláncolico y desenfadado, y me imagino que también la capacidad de Boetticher para sacar partido a los pocos recursos disponibles. Como ejemplo, el juego con el cromatismo de algunas prendas, marcando a los personajes con distintos colores, a Masters con el verde, a Stride en azul..., muestra de una de las paradojas (y atractivos) de un género capaz de atrapar el sabor de la libertad —su verdadera alma— a través de un código férreo, siempre reconocible; o, por decirlo de otro modo, ingeniosas y pequeñas variaciones provocan que lo ya disfrutado otras veces nos parezca nuevo.
Fuente: Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure