Terror en la ciudad de Texas

Publicado en por CINE MIO

 (Joseph H. Lewis, 1958)

 

 


A través de un larga analepsis descubrimos como un marinero sueco (Sterling Hayden) ha llegado hasta Prairie, y aun por qué empuña un gigantesco arpón ballenero frente a un pistolero vestido de negro. ¿Qué hace un cazador de ballenas en la aridez de Texas? ¿De dónde ha salido ese arpón? El western disfrutado a la manera de las variaciones sobre una melodía barroca, no importan tanto las innovaciones —en una trama que en su meollo siempre se repite— como la puesta en escena o la reinvención de determinadas convenciones, un duelo, por ejemplo, entre un forastero y el villano que, al servicio de un terrateniente, aterroriza a los familias privándolas de su única posesión, sus tierras.

La reformulación de ese duelo, tantas veces estación de paso o llegada en el género, comporta además aquí el cruce de dos territorios célebres en la narrativa americana, el western por un lado y la épica de los cazadores de ballenas que antes inmortalizara Melville. La llegada de un marinero sueco a un pueblo remoto de Texas —de un hombre de mar que, según cuenta, ha cruzado el mundo— agita el enrarecido aire, convulsiona las relaciones sociales y en cierta forma, como un extraterrestre que examinara el terror imperante desde una avanzada civilización, las reordena con la serenidad de quien acaso conoce las flaquezas más atávicas. Esa serenidad además se opone a la inquietud creciente del villano, el pistolero de mano de acero —fruto de una mutilación de la que poco se nos dice— que se sorprende, seguramente por su estrechez de miras, porque un hombre no suda al verse encañonado, porque alguien al fin no teme morir. Así la presencia del marinero sueco George Hansen, desplazada e incongruente, como la brisa del mar en Texas, irrumpe en la ciudad.


Con 
Terror en una ciudad de Texas (Terror in a Texas town) estamos ante el último de los westerns para el cine de Joseph H. Lewis, una película que evidencia su capacidad técnica como realizador. La puesta en escena de un guión con la firma de Dalton Trumbo, casi una sucesión de bailes de pareja: el sueco y el pistolero, el sueco y la chica, el pistolero y el magnate sin escrúpulos, la chica y el pistolero, o éste y alguna de sus víctimas, incluso las que no temen una muerte segura. Una película que fuerza las convenciones sin romper costura alguna, que amplía la propuesta estética que entraña todo western (y toda película). Una simple grieta crea el espejismo del aire nuevo corriendo por cada fotograma. El aire que acaso por aquellos años pudiera insuflarse a un western con muy poco, con algún elemento fuera de lugar, apenas un arpón ballenero y la serenidad de un hombretón contagiada a la cámara. Los hallazgos estéticos quizá demasiadas veces dependan de la rigidez del contexto, es lo que tiene el lejano Oeste.

Fuente:Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 


GODOJOS - (Zaragoza)

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