Balas vengadoras.

Publicado en por CINE MIO

Balas bengadoras

Samuel Fuller,

Cuando Samuel Fuller debuta dirigiendo esta película —que también escribe—, había ya firmado varios guiones y novelas, tal vez eso explica su autoridad al contarnos el infierno de Robert Ford. La trama que Henry King había desarrollado en Tierra de audaces, apenas le dura un tercio de metraje. Todo lo que antecede al asesinato de Jesse James —mientras recoloca un cuadro, desarmado y en mangas de camisa— funciona aquí como extenso prólogo. La película, por así decirlo, comienza después, en parte en coincidencia —si bien a través de la mirada violenta y seca de Fuller— con La venganza de Frank James de Fritz Lang. Aquí el asesino, Bob Ford (John Ireland), se nos presenta como un enamoradizo y ofuscado joven, harto además de su vida de forajido. En Jesse James (Reed Hadley), durante ese “prólogo”, adivinamos un temperamento más complejo, encerrado en sí mismo y acaso con conciencia de la leyenda sobre sus espaldas. Vemos como la mujer de Jesse le pide un cambio de vida, y vemos asimismo su resistencia, su compromiso a pesar del hastío, el mismo que confía encontrar en el resto de compañeros, y así se lo dice a Bob Ford.


Balas vengadoras (I shot Jesse James) es además un western de interiores, de espacios cerrados, entre ellos la estancia donde Jesse es tiroteado, y, por supuesto, los escenarios teatrales donde Bob Ford repite una y otra vez, como Sísifo con cartuchera y revólver, el asesinato a traición que le ha otorgado celebridad… La muerte de Jesse James se convierte así —como la función de teatro en Hamlet— en la representación dentro de otra representación mayor, el cine ahora. Fuller salpica las sucesivas muertes de Jesse James —los escenarios en planos generales, para recalcar la teatralidad— con espectadores absortos, embebidos ante una función y al tiempo ignorantes de otra representación (la película) de la que forman parte, subyugados de algún modo, como lo está también el espectador de Balas vengadoras. Sólo Bob Ford parece consciente de su existencia convertida en representación teatral, en un bucle. No es difícil entonces traer a colación al Borges de Otras inquisiciones, al Borges que se pregunta por la inquietud del lector que advierte como el Quijote es a su vez lector del Quijote, o Hamlet de algún modo también espectador de Hamlet; si los caracteres de una ficción pueden ser espectadores o lectores, pensaba el argentino, nosotros —en este caso espectadores deBalas vengadoras— podemos ser también ficción, y así participamos quizá de una narración donde nos escriben o encuadran, de ahí nuestro azoramiento. En cualquier caso, esos juegos —hoy tenidos por tan posmodernos— siempre han sido del gusto de Fuller, basta recordar su obra maestra Una luz en el hampa y como, tras el impactante arranque, los títulos de crédito se sobreimpresionan en la pantalla, y espejo al tiempo frente al que Constance Towers se coloca la peluca y se mira y observa además al espectador, y así a éste otra vez el director lo atrae y engulle en una espiral de imágenes, mientras se confunde lo que se encuentra a uno y otro lado de esa pantalla/espejo; y, por qué no, también hay que recordar en esa misma película a Constance Towers llegando a un anodino pueblo donde en un cine proyectan nada menos que Shock Corridor, la película de Fuller, claro, estrenada un año antes (y con la misma actriz en el reparto), y para la que cabe aventurar —en un pueblo tan extraño, donde todo aparenta tan correcto— una pobre taquilla…


Es curiosa la crueldad de Fuller, sus personajes si se sinceran, si conocemos sus flaquezas (ocurre aquí con Jesse James, y también con Bob Ford), justo cuando el espectador comienza a sentir simpatía por ellos, una ráfaga seca de violencia los liquida o asfixia, una muestra quizás de timidez autoral o la reacción, quién sabe, de alguien que difícilmente toleraba la debilidad y la compasión. O quizá la muerte de uno y otro, de Jesse James y Robert Ford, haya de tenerse por mero imperativo de una leyenda que ahoga ya, y pide paso y borra de algún modo a aquellos que a su sombra encontraron resguardo. En cualquier caso, Balas vengadoras es un gran western, y el debut de un magnífico contador de historias, de alguien capaz de dominar a su antojo el tiempo de la narración, su progresión al fin, con un sentido del ritmo que ya querrían muchos hoy; nada sobra en sus atípicos westerns, sus planos son tan incisivos, llegan tan hondo, que pocas veces precisa reincidir en lo que ya ha sido dicho, su mirada torna inútil cualquier obstinación.

Fuente:Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

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