Horizontes del oeste.

Publicado en por CINE MIO

 

                                       (Budd Boetticher, 1952)

GODOJOS - (Zaragoza)

El regreso del héroe forma parte de la mitología occidental desde que Ulises victorioso regresara de Troya y sumiera en sangre a los cortejadores de Penélope. Peor se me antoja el regreso del derrotado, y aun ausente de épica cuando la confrontación ha sido una guerra civil y los odios se han confundido con rencores familiares y personales incluso y con las razones (tantas veces ya borrosas de inicio) de la contienda. Dos oficiales confederados regresan a su rancho de Texas tras la Guerra de Secesión, dos hermanos —Robert Ryan y Rock Hudson— sobre quienes se teje un western con costuras de tragedia familiar. Uno de los hermanos reconducirá su derrota por el camino de la ambición desenfrenada y en sucesivas ocupaciones como pistolero, ladrón de ganado o negociante sin escrúpulos.

Acierta Boetticher en subrayar además el contraste entre quienes regresan y el aliviado ánimo de los no combatientes, la indiferencia que alguien refleja en el tan manido «parece que nada ha cambiado». Pero la sombra de la guerra —más en las civiles— suele descubrirse alargada, y aun destapa zonas grises y exacerbados rencores que cuesta ya silenciar, imposible casi siempre, el odio que una vez desatado todo lo baña. En Horizontes del oeste (Horizons West) muchas de las secuencias se resuelven por el lado de una fatalidad intuida ya desde el arranque, en la mir

 

ada de los hermanos, en la parsimonia —en el oficial que encarna Rock Hudson ni un asomo de pesadumbre— con que encaran un camino, el de regreso, poco menos intenso que los días transcurridos en el frente.

 

Aunque por los más celebres westerns de Boetticher suelen tenerse los dirigidos sobre guiones de Burt Kennedy y con Randolph Scott, lo cierto es que Horizontes del Oeste no desmerece su filmografía. Como los grandes de la Serie B, exprime y saca sorprendente partido a un presupuesto que se intuye corto, a decorados anodinos y exteriores pobres, y hasta si me apuran a un metraje ajustado; todo con una narración ágil y un par de secuencias notables, como la que cierra la película o la partida de póker, verdadera mecha de la voraz codicia que envuelve a Robert Ryan. A fin de cuentas son los pesos medios, como Boetticher, quienes mejor sirven de medida de la robustez cinematográfica; la decadencia de una industria, o simplemente su mediocridad, se advierte antes por la ausencia de quienes encandilan aun sin grandes alardes ni medios.

Fuente :Dos cabalgan juntos-Publicado por C. V. Moure

 

 

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