LA CARTA DEL KREMILN

Publicado en por cinemio

La carta del Kremlin

John Huston

Año: 1970

País: Estados Unidos

Fotografía: Ted Scaife

Música: Robert Drasnin

Guión: John Huston y Gladys Hill según la novela The Kremlin letter, Noel Behn, 1966

Reparto: Patrick O’Neal, Richard Boone, Bibi Andersson, Max Von Sydow

Un film injustO, aunque comprensiblemente maldito debido principalmente a su catálogo de brutalidades, en su oscura misión (nunca estamos seguros de cual es el objetivo de la misma ni que es exactamente lo que contiene esa carta) los agentes protagonistas, reclutados mediante chantaje y todos carentes de cualquier escrúpulo (no en vano el personaje del esplendido característico Nigel Green se apoda “La Puta”), se valdrán de cualquier medio para sus fines, sin despreciar la tortura, el abuso de drogas (la debilidad del personaje de Bibi Andersson, el eslabón a quebrar para llegar al gélido Max Von Sydow, marido de esta) o la prostitución, con el soberbio Patrick O’Neal ejerciendo de gigoló para llegar a su objetivo por la vía de la entrepierna. Pero también (quizás incluso en mayor medida) a una desoladora y entomológica exhibición de la maldad humana, que hace de la traición y del engaño un modo de vida.

Este es y no otro el tema último de la película, un tratado sobre la manipulación, a lo que se suma que los americanos sean presentados en plena guerra fría como despiadados matarifes amorales que no tienen miramientos en eliminar tanto a propios como ajenos, todos fabricados del mismo material desechable.

Aupada a un guión de hierro, denso pero hilado con toda claridad, una narrativa minuciosa (genial el detalle de la sustitución de los empastes) y un reparto perfecto y lujosísimo que se pone al servicio de un serie de personajes a cada cual más desagradable, amoral y repulsivo, con un Richard Boone inmenso (actor de increible presencia condenado a secundarios y villanos), que incluye, además de los señalados a Orson Welles, Barbara Parkins, Raf Vallone, Micheál MacLiammóir, Lila Kedrova o George Sanders en un personaje de homosexual travestido inolvidable. Dura como el pedernal, muy violenta (la escena de Boone reduciendo a Bibi Andersson, resulta de una frialdad aterradora, la noquea con un golpe seco al mentón, la carga sobre los hobres la tira sobre la cama y una vez allí desgarra su ropa y procede a partirle la cadera y ambas clavículas, todo sin cambiar ni por un momento la expresión indiferente de su cara) y sin miramiento alguno con el espectador, no es una película agradable ni espectacular, no es un entretenimiento de suspense digerible, sino más bien un pozo negro sin ninguna luz al final.

 

 

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